Locomotoras y vagones Jun13

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Locomotoras y vagones

Alejandro, un cliente (ahora amigo) colombiano, me refirió una frase que sintetiza el tema de este post: “Yo llego a las jefe menos cinco y me voy a las jefe y cinco”. Aclaro, para preservar su honor: no era algo que él aplicara, sino que lo escuchaba habitualmente de un compañero de oficina. Ahora bien, hagamos algo antinatural: simplifiquemos y reduzcamos la realidad. Consumado lo anterior, podemos decir que las personas nos dividimos en dos categorías: locomotoras y vagones.

La metáfora es bastante prosaica, para nada compleja; se trata de que hay gente que se mueve sola y otra que necesita que la muevan. Unos traccionan y otros son traccionados, unos ponen energía y otros inercia, unos remadas y otros lastre. Unos hacen sin supervisión y otros necesitan vigilantes o maestras jardineras para ser controlados. No voy a buscarle etiologías, entrar en valoraciones, o decir que unas sean buenas y las otras malas, felices o infelices, necesarias o sobrantes. Estoy describiendo algo que se ve a simple vista y es un hecho natural -creo yo- tan arcaico como nuestra especie; desde que el primer homínido se encontró con un compañero y decidieron salir a cazar una gacela, uno de los dos habrá tomado la iniciativa o propuesto alternativas y el otro, acatado. Y a partir de ese instante primigenio, durante la historia del mundo, todas las dimensiones de la actividad humana, se vienen bamboleando entre estas dos categorías de personas, locomotoras o vagones.

Creo que deberíamos sacarnos de la cabeza la creencia romántica de que todos podemos y queremos progresar. Como poder, todos podemos. Como querer, no todos queremos. Sí, en las palabras enunciamos y afirmamos que nos interesa tener más responsabilidades y crecer con ellas, pero a veces, las conductas muestran otra verdad, que es la de que preferimos progresar porque otros nos arrastran, más que por asumir nuestra propia responsabilidad y poner acción. O peor: abusarnos de la energía de los demás, vegetando y absorbiendo los nutrientes que otros generan. En los hechos concretos se ve la realidad y en un par de párrafos voy a compartir las características que veo de las dos tipologías de gente.

Pero antes, sin embargo, hay algo a considerar en el asunto, y es que la distinta proporción de locomotoras y vagones puede generar daños menores o catastróficos, según el grupo humano. Al igual que con los trenes de verdad, donde una locomotora puede acarrear una cantidad limitada de vagones, con los grupos sucede lo mismo. Los hay enormes -como empresas gigantes- en donde la locomotora es la marca, la reputación de la compañía o algún ejecutivo estrella, y en tal caso, dicha empresa puede darse el lujo de tener una gran proporción de vagones, porque se mueve sola, casi por propio peso. No sé si se pueda medir la merma de competitividad o valor que genera tener tantos vagones, personas o procesos que no aportan energía. Creo que no es fácilmente mensurable, por el simple hecho de que es difícil y medio violento de identificar a los individuos particulares. Y además, creo que no se hace porque la empresa, de todas formas, se mueve. Por tal razón, en este tipo de grupos grandes, no es raro encontrar decenas de personas desencantadas, o que hacen sólo y nada más que lo que les corresponde (y sólo cuando se los supervisa respirándoles en la nuca) pero de todas formas permanecen en la compañía porque no tienen otro lugar a donde ir.

Lo contrario a la realidad que acabamos de mencionar, son los grupos de alto rendimiento, como un equipo de fútbol, o una empresa chica. Sencillamente, acá no pueden haber muchos vagones, porque las locomotoras no tienen tanta fuerza. Es más, no debería haber un solo vagón, sino todas locomotoras: cada persona debería tener iniciativa y darle valor agregado a la tarea que haga, no hay espacio para lo contrario. Por supuesto, habrá momentos donde alguna necesite que se la empuje, pero si esa dejadez se hace rutina, se corre el peligro de que todo el equipo zozobre. Imaginemos una balsa de rafting con 10 remeros. Todos son necesarios, no sobra ninguno. Si un par -el 20%- decide no remar, la totalidad puede naufragar. No es algo a tomarse a la ligera: los grupos pequeños tienen que desarrollar anticuerpos muy celosos para detectar los casos de personas que hunden el bote, y activar la mejor decisión para salvaguardar al resto del equipo.


Ahora sí, veamos algunas características de los dos tipos de personas. Si hablamos de la locomotora, su primer singularidad obvia es que se mueve por sus propios medios. No pide -ni le gusta- que la empujen, sino que se carga su propio combustible y anda solita. Se motiva (del latín “motivus”, “moverse” o “motivo”) sola. Inclusive, hay casos de locomotoras que crean las vías por las que transitarán: son los visionarios. Otra propiedad de la locomotora es su autonomía y responsabilidad. No necesita supervisión para hacer lo que tiene que hacer. Y por último, el empuje, que se demuestra en la pista, como los pingos.

Puesta a interactuar con vagones, la locomotora es quien conduce: mueve a otros, con su propia energía. Pero esta potencia no es inagotable, porque ni puede llevar una carga infinita, ni puede arrastrar una carga pesada indefinidamente, sin que ella misma sufra un desgaste tremendo, o simplemente, deje de avanzar. Si eso pasa, hay dos posibilidades: o que desenganche al vagón y lo deje oxidándose al sol, mientras avanza sola; o en los casos en donde no hay opción, sucede una metamorfosis mágica, simplemente se van de esa organización y pasan a otra, donde haya menos injusticia, o emprenden algo para avanzar sin lastre alguno. Porque las locomotoras de verdad nunca se convierten el vagones.

Por su lado, el vagón tiene algunas características definidas. Generalmente no sabe, no puede o no quiere. Cualquiera de estas tres posibilidades -o la suma de todas- es un garronazo para el resto del equipo y la locomotora que lo tenga que arrastrar. Hay vagones que son livianos y que no se mueven por dejadez, nomás, pero hay otros, además, que tienen los frenos puestos. Esos son los más complicados, generalmente personas negligentes y apáticas. Yo no sé si sea del todo cierto, sin embargo creo que los vagones no tienen una autoestima del todo sólida. Me explico: es feo que otros nos digan las cosas que hay que hacer, especialmente cuando son evidentes y con un mínimo esfuerzo o atención podríamos descubrirlas por nuestros propios medios. Es feo que, cuando entregamos un trabajo, alguien detecte decenas de posibilidades de mejoras, que si hubiéramos puesto garra, las hubiéramos hecho. No sé a ustedes, a mí me da vergüenza que me pase algo así. Pero hay gente a la que no, y bueno. Mi amigo colombiano bromea y dice que “al vagón hay que sacarle la «n» del final: es un vago”. No sé si aplique al 100% de los casos, quizá haya situaciones donde el asunto no pase por la vagancia sino por el desinterés. Pero en cualquier caso, lo honesto es -si nos sentimos desmotivados y avagonados- irnos y hacer algo que nos convierta en locomotoras, en cualquier otro lugar.

 

Mirándonos al espejo.

 

Reconozcamos que, en tanto individuos, hay una verdad muy diáfana,  y que es que ser locomotora o vagón no es mutuamente excluyente. Díganme si no es así: cuando algo nos interesa, tendemos a ser locomotoras y si algo no nos importa, vagones. Según nuestras actividades, a veces somos una y a veces, el otro. Tenemos distintos “momentos locomotora” o “momentos vagón”. Así que esto nos conecta con un punto: ¿ser locomotora o vagón es innato o adquirido? Imagino que un poco y un poco. Pero entonces, ¿cómo educar para ser locomotora? Quizá algunos sueñen con hijos caudillos, conductores de personas, emprendedores sociales, empresarios o estadistas. Quizá otros tengamos sueños más humildes, como hijos que sean señores de sí mismos, que puedan someter su apatía, egoísmo y negligencia y trocarlas en acción, motivación y solidaridad. Que no sean esclavos del facilismo; todo lo contrario: que se acaudillen a sí mismos, y si se diera el caso, que puedan guiar a otros, pero sin coacción, con energía, ejemplo e ideas. Y cariño, más que nada.

Al respecto, como papá, les comparto un miedo: que mis hijos sean fácilmente aborregables. ¿Por quiénes? No sé, dependerá: por el simplismo, la comodidad, la sociedad de consumo, algún político, malos amigos, manipuladores, compañeros anodinos y la lista sigue. Por eso trato -ojalá que lo logre- de conjurar este peligro mediante la siembra de una serie de valores en el hormigón armado de sus cimientos. ¿Algunos? El inconformismo frente a la mediocridad, el estímulo de la observación y la curiosidad, el alentarlos a que elijan cosas que los apasionen, el promoverles un sano escepticismo frente a las propuestas fáciles, superficiales o las ideas estúpidas, fomentarles la vocación de cuestionar con honestidad las consignas sin tragárselas porque sí y fundamentalmente, que tengan honestidad y respeto por sí mismos. No quisiera que tuvieran tan pero tan poco autorespeto, que se convirtieran en vagones desmotivados, esperando ser movidos por otros, o peor, abusándose de sus semejantes. Antes que eso, prefiero que sean coherentes con su vocación y tengan el coraje de salir de ese entorno, para realizarse como seres humanos en otro lado, porque ser una persona feliz es todo lo contrario a ser un costal de indolencia.

©JIR