Intertextualidades May24

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Intertextualidades

Este texto proviene de un ejercicio de un taller de narración en la USAL con María Lucrecia Reta, una profe de literatura amena y apasionada al mismo tiempo.

Arriba, les comparto el cuento original de Antonio Dal Masetto, que fue el punto de partida. Y abajo, el intertexto del ejercicio. Lo lógico sería leer primero el suyo y luego el mío, pero como les guste; los dos se intersectan, por algo son intertextos.

 

PULPO (Antonio Dal Masetto, de “Reventando Corbatas”, © 1988 Torres Agüero Editor)

El hombre se entera que esta noche, en el Verde, hay cazuela de pulpo, así que decide no perdérsela y ahí está acodado a la barra, esperando y dispuesto a disfrutar de una buena cena ya que se trata de uno de sus platos favoritos. Aparece Romero, un carpintero del barrio. Saluda y se le sienta al lado. El hombre contesta amablemente, aunque este encuentro no lo haga feliz. Pensaba comer en paz y sabe que Romero tiene el vicio de la comunicación, práctica que el hombre no reprueba, salvo cuando intentan experimentarla con él. Efectivamente, Romero se larga a hablar y a contarle de su vida. Está realizando un trabajo importante, en la casa de una turca, viuda, que vive con tres hijas cuyas edades oscilan entre los veinte y los treinta años.

Mientras escucha, el hombre advierte que alguien se ha sentado del otro lado, a su izquierda. Reconoce a Pierre Fontenelle, el Exorcista. Lo ha visto una sola vez, pero es inconfundible con su sobretodo negro y la polera blanca en la noche calurosa. El hombre se pregunta si volverá a repetir la ceremonia de la hostia.
Romero, mientras tanto, sigue con su historia: teniendo en cuenta que el trabajo encomendado se prolongará bastante tiempo y que él vive solo, un mediodía la turca mayor le propone que ocupe momentáneamente una piecita en la terraza de la casa. Romero acepta. Por lo tanto se muda, trabaja, almuerza y cena con las mujeres. Una noche, tarde, se abre la puerta de la pieza donde duerme y en la claridad lunar advierte que está recibiendo la visita de la turca mayor. Tienen un encuentro muy acalorado, después la turca se va y sigue la rutina de siempre.

A la noche siguiente, vuelve a abrirse la puerta. Romero piensa que se trata nuevamente de la turca mayor, pero esta vez la que acude es una de las turquitas. Posteriormente aparece la segunda turquita y luego la tercera. Durante el día nadie habla del asunto y es como si se tratara de un gran secreto. Romero trabaja duro, se alimenta bien, se acuesta y espera.
El hombre oye, a su izquierda, la voz del Exorcista que recita: “La amada se desliza a través de la noche con andar de gacela y sus labios son dulces como el néctar de las flores”. Aclara: “Cantar de los Cantares.”
Pide perdón por la interrupción, estira la mano por delante del hombre y se presenta a Romero: “Pierre Fontenelle.” Inmediatamente pregunta si las cuatro mujeres son lindas. Romero contesta que son ardientes y que según su modesta opinión, en cuanto a mujeres fogosas, no hay nada que supere a una turca fogosa, no importa la edad que tenga. El hombre percibe que hacia la izquierda, por el lado del Exorcista, acaba de aumentar considerablemente la temperatura ambiente. Por fin llega la cazuela.

Apresado entre dos fuegos, el hombre se resigna y empieza a comer. De pronto advierte que el Exorcista extrae una hostia del bolsillo, la sostiene en la mano y la aprieta un poco con el pulgar en la parte superior, de manera que se ahueque y tome forma de cuchara. Después introduce la hostia en la cazuela, la maneja con habilidad y consigue llevarse un buen trozo de pulpo. Se chorrea salsa sobre la solapa del sobretodo y se limpia con una servilleta de papel. Al hombre esto no le gusta nada y está a punto de ponerse un poco maleducado. Pero recapacita y se dice que nada ni nadie conseguirá arruinarle la cena, así que se dirige al Exorcista y solamente pregunta: “¿Ya no las come con vinagre?” “Según la hora”, contesta Pierre Fontenelle.

Mientras tanto, Romero sigue con su historia y confiesa que si bien la situación con las turcas le agrada, está comenzando a sentirse un poco raro, como si se encontrase apresado en una tela de araña y se lo estuviesen devorando lentamente. El Exorcista vuelve a interrumpirlo y, disculpándose, opina que en esa casa reina una enorme confusión, un gran extravío y que esas mujeres, sin duda, necesitan un guía espiritual. Por lo tanto se ofrece para efectuar una visita desinteresada a las turcas, esa misma noche si Romero lo desea. Ahí nomás le pide la dirección. Romero se hace el tonto y no contesta. El Exorcista declama: “Si entras en casa de mujer sola y esa mujer se enseñorea sobre tu cuerpo y espíritu, no deseches la ayuda del hombre sabio. Agustín, Confesiones.” Vuelve a pedir la dirección de las turcas y Romero sigue haciéndose el distraído.
El hombre, de reojo, ve que en la mano del Exorcista acaba de aparecer una cosa blanca y redonda que pretende avanzar hacia el pulpo. Entonces toma rápidamente la cazuela y se muda a una mesa. Automáticamente, el Exorcista y Romero se sientan con él. El hombre se corre hasta quedar arrinconado contra la pared. Protege la cazuela con la mano izquierda, mientras come con la derecha.
El Exorcista insiste: “Cuando tropieces con cuatro mujeres y adviertas que sus almas están muy confundidas, acude inmediatamente a un hombre del Señor, porque él, sólo él y únicamente él podrá aportar ayuda a las extraviadas hijas del Levante. Pablo, Epístola a los Corintios.”

Romero sigue sin largar prenda. El hombre, siempre en la posición de defender su pulpo, oye la última frase de Pierre Fontenelle y se dice que esa carta, seguramente, los Corintios no la recibieron nunca.


EL CARGADO (mi texto)

Entre ellas no se llamaban turcas, sino Maia, Naila, Sheila y Jazmín. El común del pueblo les decía turcas y como nunca las veía trabajar, imaginaba que se dedicarían a la usura, en el mejor de los casos; o a la lujuria, en el peor. La usura, no, pero el otro era un vicio privado y quien las criticara por esa hipótesis perdía el tiempo si pensaba que se irritarían al respecto.

En verdad, sí tenían un vicio, que profesaban a diario con una solemnidad religiosa, y era jugar. No les importaba no saber el nombre del divertimento al que se entregaban: se desarrollaba arrojando un dado sobre un tablero con un caminito como el de la oca, viejísimo, gastado, donde ya se habían borrado las prendas y los números de los casilleros. Esta agresión del tiempo sobre la tinta permitió que alguna vez, añares atrás, para desaburrir a sus hijos que no podían salir al patio en un día de lluvia, a la bisabuela de la turca mayor se le ocurriera enunciar que en los casilleros borrados (todos) se inventarían prendas nuevas, cotidianas; algunas buenas, como plantar un malvón, o malas, como intentar dormir con una canilla goteando toda la noche. Este arranque de originalidad de una madre, pronto se hizo una costumbre diaria en su descendencia, y la imaginación y las prendas eran inacabables, sin aburrir jamás.

La rutina litúrgica del juego tenía algunas convenciones inamovibles, no escritas, pero sólidas como el bronce. La primera, que el turno inicial para tirar el dado iría rotando a diario, sin excepción. La segunda, que por nada del mundo se podía desacatar un albur, por más odioso que fuera. La tercera, para atemperar la anterior, que las prendas no podían poner en riesgo la salud del prendado. Y la final, que las prendas debían sembrarse en papelitos doblados, con al menos dos horas de antelación al inicio del juego, para evitar represalias o regalos demasiado impulsivos. Con esas convenciones hechas carne, las turcas jugaban varias veces al día, todos los días, para divertirse, descargar tensiones o matar horas que de todas formas iban a morir. La naturaleza y el devenir de las prendas era fascinante como todo lo errático, porque su crueldad o benevolencia variaba según su ánimo de venganza o conciliación, según estuvieran irritadas o felices entre ellas.

Un día llegó Romero, un albañil, feo, tosco, maloliente, pero hábil. Trabajaba todo el día en una remodelación, lo cual le obligaba a pernoctar en una pequeña piecita en la terraza. Si había algo que a las cuatro turcas les gustaba de un hombre, lo primero que miraban de la catadura masculina, era una sonrisa perfecta. La consideraban un signo de distinción y riqueza, de nobleza y gallardía, quizá una evocación infantil de cuentos de sultanes. Romero era lo opuesto: dientes despoblados, asimétricos, del color del petiribí; el prototipo de la persona que no consideraban persona. No se lo oía, ajeno a las conversaciones y actividades de la casa, metido en la pala y la mezcla, hasta que las mujeres terminaron asumiendo su inexistencia, su invisibilidad inofensiva y eficaz. Solamente lo aceptaban en su mesa por una cuestión quizá de vergüenza, o de practicidad, para que se alimentara bien y terminara más rápido.

Cierta tarde, a la hora del juego, no encontraron el dado en el lugar acostumbrado; nada preocupante, considerando el natural desorden de una casa en remodelación. Buscando un sustituto, descubrieron otro en la alacena. El primer turno le tocaba a la turca mayor, y el dado decretó 4. Al abrir el papelito del casillero, leyó con horror el castigo. Miró con odio a las otras tres, que suspiraban entre aliviadas y venenosas. Al día siguiente, el azar fue impiadoso con la primer turquita. Después con la segunda y así hasta la última.

Romero nunca se quejó ni alardeó de esos asaltos nocturnos, y las turcas, afrentadas, sabían que la cosa no se haría pública; era demasiado feo y hablador como para que otros parroquianos le creyeran si llegaba a contar algo tan inverosímil.

Cuando Romero terminó la encomienda, cobró y se fue. Una de las turquitas fue la encargada de subir a acomodar la piecita donde se había alojado, y mientras ordenaba los pocos enseres, despachó un alarido cuando algo se escurrió entre los pliegues de una sábana mal doblada. El dado cargado de Romero, que casi siempre daba 4, iba rebotando a trompicones por el suelo de cemento sin alisar.

© JIR