a la intemperie May15

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a la intemperie

Por favor, tomate cinco segundos e imaginate la comodidad… visualizá el sosiego… sentí la contención… 5… 4… 3… 2… 1… ¿Listo? Bueno: emprender es todo lo contrario.

La sordera falaz.

Hay voces que no escuchamos. Sabemos que están, pero las asordinamos. Nacen del propio carozo, la identidad que quiere expresarse, el ser que quiere hacer.
Estar por tu cuenta, sin red, no es ni mejor ni peor que trabajar en una empresa. Es distinto. Si se me permite jugar con las alegorías botánicas, sería como la diferencia entre una planta de invernadero y una planta silvestre. En una empresa vivís en tu parcela, te riegan a fin de mes, te ponen fertilizante, desinfectante, tutores y estás ahí, dando tus valiosos frutos. Podés crecer y disfrutar, es innegable, siempre a resguardo de los elementos. Estar por tu cuenta es lo antagónico: vivís en la estepa, sin cuidados, ni paredes de vidrio. Podés convertirte en bosque o te puede quemar una helada. Nadie te riega, te poda, te endereza. Todas las mañanas y noches rogás que el viento y el clima sean benevolentes con tu fragilidad. En un emprendimiento, vos sostenés la estructura. En una empresa, la estructura te sostiene a vos.
Pero, siendo aparentemente tan áspero, ¿cómo alguien podría elegir la independencia? ¿Qué es más riesgoso:  trabajar por tu cuenta y vivir generando tu propio sostén -y si tenés colaboradores, el de ellos- o estar en una empresa, esperando el cheque a fin de mes? Dar reglas universales sería mentir, toda respuesta debería empezar con “depende”. Si buscás un método de evaluación de proyectos para ver si conviene emprender y en dónde, hay infinidad de libros y artículos, este no es el post. Acá simplemente haré dos cosas: compartiré mi experiencia emprendedora y ensayaré una humilde profecía de la tuya. Si estás sintiendo la vocación de lanzarte, quizá te identifiques con algo.

El llamado.

A los 22 años me llegó un momento en donde escuchaba una voz -que siempre estuvo- que preguntaba en dónde tenía la tensión, qué me gustaba hacer y en qué me sentía confiado. No la escuchaba, acomodado en la molicie de trabajar en una empresa gigante. Aunque eso de la comodidad era relativo, porque el susurro aturdía día y noche, y al irlo negando, me tensaba, decepcionado conmigo mismo. Gracias a Dios, la voz logró fracturar la inercia, porque este llamado tiene una peculiaridad: si lo desoís, algún día se rinde y se calla. Ahí obtuviste el éxito de haberle quebrado el espinazo a tu vocación, pero al mismo tiempo, una parte tuya acaba de morir.
La voz no hablaba tanto sobre qué me gustaba hacer sino cómo. Porque al qué podía hacerlo en cientos de dóndes (otras empresas), pero el cómo, en mi caso, era prístino: emprendiendo por mi cuenta.
Y si vos te encontrás en esta situación, seguramente estés afrontando la siguiente dualidad sísmica: un entusiasmo total y un miedo pánico. Y si alguien no lo siente, creo que su temeridad raya en la inconsciencia. En esta bisagra, resuena la frase de Jorgito Bernard Shaw, de “aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada” y ya no hay neutralidad: quien prestó oídos al llamado, está maldecido (o bendecido, mejor) a no permanecer indiferente, tiene que decidir: gastarse o enmohecerse.
Hasta acá, el ápice del inicio del emprender. Ahora empiezo a combinar el resto de mi historia con la profecía de la tuya.

La clarividencia.

Cuando hayas escuchado la voz, ya sabrás el cómo -a la intemperie- pero en ese primer instante, no te imaginarás bien el cómo del cómo. Aunque nunca te hayas enterado de la definición, en tus huesos sabrás que emprendedor es quien crea valor en donde antes no existía, sin contar con todos los recursos. Y los primeros dos recurso con los que no contarás, serán la perfección y la omnipotencia: tendrás fortalezas y debilidades, por lo tanto, es esencial que detectes las primeras para potenciarlas, e identifiques la segundas para controlarlas.

Cuando quieras apuntar a una actividad, a qué hacer, deberás buscar una oportunidad: ¿qué espacio hay en donde nadie haya hecho algo, o en donde lo podrías hacer mucho mejor? Después, buscarás la diferencia, una idea innovadora para aprovechar esa oportunidad. Cuando te acuestes, seguirás hurgando, creando, descubriendo y tratando de imaginar cómo sostener a largo plazo ese uniqueness que deberás tener.

¿Dónde encontrarlo? Otra vez, la voz. ¿Cuál es tu propia pulpa? ¿Qué harías gratis y te hiciera feliz? ¿En qué sos bueno o tenés facilidad? Este análisis -o intuición- es esencial para no caer en el parripollismo, que solamente te llevará a una frustración. Cuando la encuentres, rogarás no estar autoengañándote, emprendiendo en realidad un hobbie disfrazado que no tenga futuro. Y darás el salto…

La salida.

… y caerás -parado o no- en una realidad mucho más grande que lo que te imaginabas cuando estabas cómodamente en una corporación. No vas a escuchar carillones de gloria, aplausos o flashes de fotógrafos. Vas a descubrir que cualquier empresa tiene una madeja de cosas que antes te eran invisibles -por ejemplo, impuestos, seguros, tiempos, permisos, cosas que antes hacían otros- y ahora dependerán de vos. Te sentirás un insecto pequeñísimo ante cualquier empresa con más de 2 empleados. Pero un insecto indestructible, porque tu emprendimiento serás vos y tu fe en vos. Y acá sí, mucho cuidado: nada de dudar de tu poder, porque ese titubeo es un veneno que horada todo y se inocula a sí mismo sólo el que le da cabida.

En los primeros día de estar a la intemperie, se irá produciendo un cambio químico en el cerebro y emocional en el alma: vas a tomar conciencia de que nunca jamás estarás sobre tierra firme, sino sobre algo que se mueve. Como casi todo lo emocional, no es una sensación pura, sino una mezcla de varias emociones, en distintas proporciones. Estímulo y miedo, resolución y duda, inestabilidad y determinación, alegría e inquietud. Asumiendo ese cambio de escenario, desapegándote de los barcos que te dejaron en la playa -o mejor, quemándolos- y dejando que cerebro y corazón hagan ese clic, todo se volverá más fácil.

Al principio, procederás como lo haría cualquier menesteroso: confiando en los demás. En tu candor y adolescencia, te cachetearán los incapaces emocionales, los chantas, los abusadores. Y mientras el sopapo todavía te esté ardiendo en la piel, irás generando los anticuerpos para detectarlos a kilómetros de distancia, evitarlos y así quedarte con la buena gente, para rodearte de y armar redes con ella. Vas a aprender que estando por tu cuenta nadie te escuda, no hay un jefecito que te ampare o te allane las cosas, compañeros que te contengan, o alguien indulgente con tus errores.
Tu mente -espoleada por el frenesí de la voz- pensará en grande, pero tendrás que actuar en chico, para no implosionar antes de haber brotado. Serás CEO, personal de limpieza y cadete al mismo tiempo. Vivirás en los detalles. ¿Humillante? Para nada, no se te va a caer el diploma de la pared y aprenderás muchísimo. Planificarás, pero igual el futuro se te presentará como incertidumbre. ¿Pavoroso? Para nada, tendrás que transformar la incertidumbre en riesgo (identificarlo, planificarlo, cuantificarlo) y después, convertir ese riesgo en valor, buscando minimizarlo. Sólo así serás, o te sentirás, un poquito más señor de lo desconocido.

Las visiones.

Verás tierras prometidas y querrás correr tras ellas. Muchas veces, esa oportunidad maravillosa terminará siendo la arena de un espejismo, que morderás una y otra vez hasta que aprendas a distinguir las metas de las alucinaciones. En un mundo increado -el emprendedor crea cosas en espacios vacíos- no habrá otra receta más que el análisis previo y después, el ensayo y el error, la intuición y el intento constante para diferenciar lo imposible de lo posible. El primer peligro de haber mordido la arena será ver cosas pasar delante tuyo y no hacer nada por miedo al fracaso. El segundo, será la tentación de diversificarte en cualquier posible oportunidad, creyendo que sos bueno para todo. Tampoco puedo dar una regla general, pero hay que entender en qué se es bueno y feliz, y todo lo que caiga bajo esa luz, hacerlo; lo que no, evitarlo. Caso contrario, las pocas energías se disiparán en demasiadas demandas, sin que ninguna quede realmente satisfecha. Nadie puede sostener tantos frentes de batalla al mismo tiempo.

La compañía.

Vas a descubrir que nadie se salva solo. Te darás cuenta de que los menesterosos son muchos y que librados a su suerte, se mueren. Irás hilando cadenas de valor, de talentos, de corazones. Te potenciarás con los demás.
Si tuvieras socios, deberían ser personas complementarias, con las que no tuvieras recelos de poder. En muchas sociedades hay peleas por potestades ridículas, que sangran la resistencia del más apto. Si esa compulsa fuera cotidiana y revelara una tendencia, lo mejor sería detectarla lo más rápido posible, dividir esa sociedad y que cada uno siguiera por su camino, para no derrochar combustible emocional e intelectual en lidiar. Hay que ser consciente de que una piedrita en el zapato al principio es una molestia pequeña, pero en pocos kilómetros, lacera el pie; y en muchos, invalida.
Con los otros, proveedores, clientes, colegas, vas a tener que pensar a largo plazo, en generar lazos y relaciones de beneficio y confianza. Una mirada te dirá más que cien contratos. Comprobarás empíricamente que los malos al final pierden y verás gente que por querer medrar sin ética, terminará ahorcándose a sí misma con el lazo que les tendió a los demás. A los quejosos o a los que critican sin proponer, habrá que sortearlos, para que no llenen tu espalda de postraciones.
El bien más grande que tendrás será un intangible: vos mismo y la confianza que despiertes en los demás. Necesitarás que te crean, porque no tendrás mucho pasado para demostrar. Si creés en vos mismo, otros creerán también. La fe es contagiosa. No vas a poder pensarte separado, aislado de todos. A veces, si la relación se hiciera amistad, ese cariño te impedirá ser crítico y entonces habrá que separar a la persona de la cosa que esa persona hace -incluyéndote- para ser objetivo y encontrar en qué mejorar o en qué se equivocaron.
Cuando las certezas sean diáfanas para vos e invisibles para los demás, tendrás que ser un gran incendiador para compartir tus intuiciones a otros, que quizá no las compartan. Tendrás que ejercitar la humildad de escuchar críticas y opiniones distintas, que muchas veces sumarán; y otras veces, ejercerás la determinación firme de no transigir, tratando que nadie se ofenda.
Con suerte, los golpes te darán la empatía necesaria e irás descubriendo que las personas no son recursos, cosas que se usan, peldaños que se pisan.

Las huellas, las sangres y el fracaso.

Descubrirás dos grandes secretos: leer y oler. Leer las huellas y oler las sangres. Las de la presa y las propias.
Estar a la intemperie implicará que todas las mañanas tendrás que marchar a cazar mamuts sin morir en el intento. Retrocederás a tiempos anteriores al sedentarismo de la aldea. Serás un cazador nómade, con todos tus instintos alineados y afinados para conseguir el alimento para tu clan. La necesidad hará crecer tu umbral de la percepción, inclusive percibiendo lo que todavía no pasó, leyendo las sutilezas que lo preanuncian, adelantándote a las presas o eludiendo a los predadores. Tendrás que asumir que en contadísimas ocasiones las oportunidades vendrán a tu puerta, lo más común es que tengas que ir tras ellas una y otra vez sin cansarte. Esto es bueno, te mantendrá espiritualmente joven.

Para seguir vivo, habrá que tener más aciertos que fallas. Con los aciertos parciales, no confiarse, porque ahí se cae. Con los aciertos rotundos, no engreírse, porque la soberbia ciega y es el paso previo al despeñadero. Y con las fallas, no rendirse, porque ahí se muere. El fracaso parcial será inexorable y numeroso, y te hará un cazador más sensato. Pero no esperes ayuda: o te lamés las heridas solito, o morirás de septicemia.

Es muy sano alentar a los demás a que digan qué piensan de lo que hacemos, porque todos tenemos zonas ciegas por donde sangramos sin darnos cuenta: errores que repetimos, reacciones que no llevan a nada, costumbres ineficientes, creencias sin sustento. Quizá no nos guste lo que tengamos que oír, pero alguien con otra mirada puede detectar y ayudarnos a parar esas grandes o pequeñas hemorragias que nos estancarían.
En todo, siempre, habrá que perseverar. Ya lo dijeron personas capaces: no es el genio el que triunfa sino la perseverancia. Si estás seguro de que estás en lo correcto, no deberás rendirte nunca. Deberás aprender rápido y desaprender más rápido todavía. Habrá que destruir creativamente lo que antes era intocable, porque la demolición creativa siempre termina creando algo de mayor valor que lo demolido.

Los dos tiempos.

Con el paso de los meses descubrirás que emprender no es una ciencia ni un arte; es una actitud, que se traduce en un comportamiento, que se traduce en constancia. Sin embargo, la falta de experiencia inicial te hará presa de ansiedades, de irrealidades. De un golpe quizá descubras que a veces, llegar muy temprano con una idea es tan malo como llegar tarde. Como vivirás en la escasez de recursos y en el hervor de hacer, tu mente se va a acelerar, y entonces todo te parecerá lento; vos querrás picar para arriba y el mundo se amesetará. Vas a pensar que si te urgís, la realidad irá a tu ritmo. No siempre.

Con resignación terminarás comprendiendo que el tiempo natural muchas veces no se condice con el tiempo de tu cerebro, y acatarás el transcurso de las cosas, los lapsos reales de todo, el ciclo universal de sembrar para cosechar, e irás entendiendo que la ansiedad del sembrador no apura el crecimiento de la mies. Tu mente y tus instintos se setearán, al mismo tiempo, en un doble standard aparentemente incongruente: velocidad de cazador y paciencia de agricultor. Los dos serán necesarios para no retroceder ni volverte loco.

La plata.


Descubrirás que el dinero no es un fin ni un medio: es un obstáculo a superar. Será muy útil para pagar sueldos, cuentas, invertir, darle de comer a tu familia. Una vez superados esos obstáculos, satisfechas esas necesidades, tendrás vía libre para para realizar la vocación. Porque nadie tiene por vocación ganar dinero por el dinero en sí. Si no, haríamos cosas horribles que fueran más rentables, pero generalmente buscamos ser sensatos y terminamos eligiendo lo que estamos llamados a ser.
Sí, el dinero será necesario y justo, y habrá que conseguirlo y hacerlo rendir, pero si te enfocaras solamente en eso y aceptaras cosas que no te hicieran feliz, le hicieran daño a otro o fueran contra tus valores, quizá ganes mucho, pero serás un mercenario de vos mismo, algo penoso a la hora de verte al espejo como un Dorian Gray digno de compasión.

 

Los cuatro choques de mentalidades.

Si un día llegás a tener un colaborador, descubrirás con amargura el primer choque de mentalidades: la del empleado y la del emprendedor. Y no me estoy refiriendo a la fallida teoría de Marx de la lucha de clases -que se refutó a sí misma con el fracaso del marxismo-, sino a un aspecto más corriente, de horizontes psicológicos, porque ambos sienten cosas distintas: uno, un compromiso limitado, y el otro, el compromiso total. Es un error tan común pensar que todos piensan igual que uno. El colaborador, por más bueno, querido y responsable que sea, nunca, jamás, va a tener el grado absoluto de compromiso emotivo, vital y existencial que tiene el que emprende. Y no está mal que así sea, acá no vale el enojo ni la incomprensión: es lo natural, y para consuelo de todos, sucede siempre, y hasta le sucedió a personas mucho más grandes que nosotros: otoño del año 333 a.C., en Issos, se enfrentaron Alejandro de Macedonia y Darío, rey de Persia. Cuando todavía el resultado de la batalla era incierto, Darío huyó, abandonando a su ejército para el exterminio. Como consecuencia de esa derrota, el macedonio tomó las ciudades y capturó a la familia real como rehén, por lo que Darío se vio obligado a presentar a Alejandro unas condiciones de paz extraordinariamente ventajosas para el joven invasor. Le otorgaba nada menos que la mitad occidental de su imperio -entendamos que era el más grande del mundo- y la más hermosa de sus hijas como esposa. Ningún otro mortal había obtenido tanto de una sola vez. Al ver la propuesta, Alejandro la puso en consideración de su estado mayor, y al valiente y noble general Parmenión le pareció una oferta satisfactoria, por lo que aconsejó a su jefe: “Si yo fuera Alejandro, aceptaría.” A lo cual, Alejandro replicó: “Y yo también… si fuera Parmenión.

El segundo choque de mentalidades está relacionado con el anterior: es la colisión entre la seguridad y el riesgo. El emprendedor vive a riesgo, y sus ingresos y seguridad dependen de su energía, audacia y perseverancia. El colaborador no busca eso, e -insisto- es natural que así sea, por eso no es emprendedor. Estas dos energías diferentes no siempre pueden amalgamarse, lo cual puede descorazonar a ambos. Pero para que veamos que es universal y no nos frustremos, nuevamente pongo de ejemplo a Alejandro: luego de años de batallar, había logrado conquistar el imperio más grande del mundo: desde Grecia a la India, el mapa era suyo, nadie en la historia había llegado tan lejos. Sus soldados y generales estaban cubiertos de orgullo, reputación y riquezas; pero Alejandro necesitaba más: quería llegar al final de la Tierra. Sin embargo, sus tropas, ya desalentadas de la aventura, dijeron basta y en la India, se le plantaron al rey. Alejandro pasó por todas las emociones posibles: sorpresa, ira, frustración, tristeza, incredulidad, decepción. Rogó, prometió, imprecó, humilló, exigió, alentó, compartió su visión a sus hombres, pero para ellos había sido suficiente, no les importaban los objetivos del rey, ni la gloria absoluta que tendrían por el resto de la Historia: querían volver a sus granjitas y a sus familias. Querían la seguridad. ¿Estaba mal? No, eran distintos pareceres. Finalmente, Alejandro -que había conquistado todo- no pudo conquistar sus mentes y emprendió el regreso, dejando para siempre el sueño de unir al mundo entero bajo un solo señor. Pasa.

El tercer topetazo es la diferencia entre la gente de trabajo y la gente de dinero. La primera -vos, emprendedor- vive en la escasez, es movida a partir de un ardor -la vocación- y luego, por un hambre -la carencia- que tiene que ser resuelta con trabajo y generando recursos, porque no hay otra fuente a la que acudir. En cambio, la gente de dinero siempre vivió en la abundancia; quizá sin haber movido un dedo para lograrla, todo lo obtuvo por otros (su familia o la empresa en la que trabajan). La mentalidad de trabajo y la de dinero implican dos visiones distintas y empujes distintos. Quien nunca sufrió estrechez, no siempre sabe lo costoso que es conseguir recursos, y en muchas ocasiones, no los valora, ni cuida o acciona para conseguirlos, porque está acostumbrado a que siempre hubo, hay y habrá, por más que se gaste. Quien vive del trabajo, sabe de dónde salen los recursos y lo difícil que son de conseguir, por lo tanto, se esfuerza por generarlos, cuidarlos y hacerlos rendir con la mayor eficiencia. Muchas veces, esas dos mentalidades colisionan y hay que estar preparado para entenderlo y encontrarle la oportunidad.

Por último, el cuarto choque de paradigmas te dejará perplejo: hay algunos que creen que si alguien prospera, es porque inexorablemente está fastidiando a otro. Sí, en serio, hay gente que a priori razona así. No pueden concebir que a alguien le vaya bien sin hacerle daño a los demás, que progrese porque crea valor. ¿Y qué piensan? Están convencidos de que para darle a unos hay que quitarle a otros. O dicho de otra forma: tratarán de “hacer justicia” buscando repartir lo que ellos consideran injustamente logrado. Pero hay un problema: no saben que para repartir, antes tiene que haber. Y para que haya, hay que generar. Pareciera que para ellos, en su mundo binario, este detalle fuera superfluo, porque ponen sus energías solamente en dividir. ¿No convendría, mejor, generar más, antes que racionar lo menos? El emprendedor (si es ético) es alguien que crea, hace, propone, arriesga, entrega hasta la última gota de energía, haciendo partícipes de los resultados a quienes colaboran y suman en la tarea. Dándole a cada uno lo que corresponde, con justicia. Pero no todos lo ven así: hay quienes -cuando se ha creado algo- solamente vienen a buscar, nunca a aportar. Y quizá te suceda que apenas tengas un logro, por humilde que sea, todos lo verán. Lo que no verán jamás, es el sacrificio que te implicó, porque los sacrificios son invisibles pero los logros son relucientes. Por eso, a veces muchos juzgarán mal y, si te va bien, pensarán que sos suertudo, o estás perjudicando a alguien o que los éxitos se te van dando con injusta facilidad. A serenarse: así son las cosas; a no perder la paz: si obramos de buena fe y con generosidad, eso nos basta para estar tranquilos sin depender de la opinión de los demás, casi siempre voluble y casi siempre parcial.

Los lujos imposibles.

Emprender implicará renunciar a muchos lujos que podrías darte trabajando en relación de dependencia. No porque sean un imperativo ético, sino porque son directamente incompatibles con el espíritu emprendedor. Acá comparto los que me vienen a la mente. Seguramente sean más, muchos de los cuales los irás descubriendo haciendo introspección:

El pesimismo. Pensar negativamente es un lujo que no podrás aceptar. No me estoy refiriendo a la ponderación de baja probabilidad de que algo bueno ocurra o a la alta de que algo malo suceda. Eso, en todo caso, es análisis y lógica normal de cualquier negocio. Me refiero al pesimismo vital, a ver el tapiz siempre del lado de los nudos. Al pensamiento derrotista lo podrás tener mientras el proyecto no dependa de vos, es decir, trabajando en relación de dependencia. Ahora, si la misión depende de tu mentalidad ganadora, o mejor la tenés o mejor no emprendas.

La desmoralización. Que no es lo mismo que pesimismo, porque la desmoralización habla de alguien que emprende con ilusión y fuerza, y a medida que va dándose cuenta de que comete errores, va perdiendo el ímpetu hasta la rendición. Deberás asumir que así es la vida: somos imperfectos y lo que hacemos también lo es; nuestro accionar y organización estarán llenos de imperfecciones. El problema se presentará cuando esas carencias te desmoralicen, en vez de verlas como oportunidades de mejora. En el momento en que tu mente asuma a los errores como chances, gran parte del camino se allanará y no habrá cabida para el desaliento, porque irás convirtiéndolos en aprendizajes. Si hay algo más doloroso que aprender de la experiencia, es no aprender de la experiencia.

La dejadez. En una empresa grande, si alguien no hace algo, o lo hace a medias, otro se ve obligado a hacerlo por él. Es una ley de compensación natural. Seamos honestos: cuanto más grande es la estructura, menos relevancia tiene el esfuerzo individual. Las personas pueden, rotar, irse o estar, y el rendimiento general de la compañía variará poco, a no ser que estemos hablando de puestos claves, en donde las decisiones y el empuje de esos individuos tienen un impacto trascendente. Esto hace que en grandes empresas, muchos no den todo de sí, o porque son conscientes de la inercia enorme del armazón, o quizá por la causa que arriba explicábamos del choque de mentalidades colaborador-dueño. Ahora bien: a medida que la estructura es más chica, el rendimiento individual tiene que ser alto; o dicho de otra forma: las estructuras chicas, para sobrevivir, tienen que ser sí o sí equipos de alto rendimiento. Y el extremo de esta verdad es que vos -como individuo emprendedor- no podrás ser dejado. Si no impulsaras, nadie lo hará por vos; el peso relativo de lo que obres o dejes de obrar será tan grande, que puede determinar el éxito o fracaso de tu actividad.

El conformismo, que es el primo hermano de la dejadez y la puerta de entrada a la mediocridad.

El sarcasmo. Si leíste otros de mis posts, verás que no me llevo bien con este tipo de “humor”, simplemente porque no es el que sana o aliviana, sino el que lastima más las lastimaduras. En tu emprendimiento habrá miles de contrariedades y desilusiones. Si pensás que las podrás suavizar mediante sarcasmo, no sólo no lo harás, sino que contagiarás al resto de amargura y escepticismo, dos cosas directamente opuestas al logro de cualquier acometida a largo plazo. Si lo hicieras, te predispondrías negativamente, lo cual haría que las cosas salgan de forma negativa, lo cual confirmaría tu predisposición y así caerías en un círculo vicioso de profecías autocumplidas. Además, si llegaras a tener que liderar gente, deberás tener en cuenta de que nadie quiere seguir a una persona que acidifica hasta lo insoportable lo que no es más que un tropiezo.

La pérdida del sentido.

Quisiera ir concluyendo. Hundido en el hacer, bajo toneladas de acción o escapismo, te enfrentarás a un peligro: olvidarte del por qué de todos tus cómos. Dijimos que la voz -tu vocación profesional- gritaba para que hicieras algo. Pero debajo de esa voz, hay otra, que grita para que seas algo. Es la vocación de sentido.

¿Sentido de qué? De tu existencia desnuda, del por qué y para qué existís. De eso que -aunque te arranquen todo que hacés- seguirás siendo. No está bueno correr como locos sin parar a meditar el sentido de tanto ahínco, porque es ridículo que la corrida sea el camino y la meta al mismo tiempo. Sin un sentido, nada tiene la proporción real. Quizá te entristezcas por menudencias que consideres gigantes, o te envanezcas por glorias perecederas. Sólo el sentido final pone en perspectiva todo.
En mi caso (cada uno verá en el suyo), creo que hay un sentido porque hay un Dios, que nos creó para algo. Para ser felices, de la única manera real, que es amando y dejándose amar por Él y los demás.

Todo el resto, pasará. Un día, las fuerzas irán meguando hasta abandonarte y -perdón si buscabas terminar este post con una conclusión de management– la muerte se presentará como el muro contra el cual todas tus carreras se aquieten. El éxito -de la piel para adentro- será muy distinto a lo que muestran las tapas de las revistas de negocios. Será un estado de ánimo, una paz de conciencia y una vivencia penetrante de la filiación divina. Nada más. Viendo tu vida de hoy para atrás, verás que la Providencia actuó en cada paso. Y es posible que al final, al final de todo, nos demos cuenta de que nunca estuvimos realmente a la intemperie.
© JIR