la no palabra Abr24

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la no palabra

La pureza matemática enuncia que no puede haber muchos infinitos, porque si hubiera más de uno implicaría límites al otro, lo cual sería una contradicción en los términos. El amor desmiente a la matemática. El padre primerizo, cuando se entera que está esperando otro niño, siente una disyuntiva no intelectual, sino más honda: “¿cómo podré amar al nuevo niño si mi amor total es del primero? Si a éste lo amo más allá de toda finitud, ¿cómo podré concederle otro infinito al que viene?” Siente –a ver quién se atreve a negarlo- que está despojando de amor a su primer hijo para dárselo a un descuidista.

Pero, milagro, cuando llega el segundo –y el tercero, el cuarto, el quinto, el N- se engendran tantos infinitos como hijos. Distintos y únicos, por eso conviven. Si tuviera que graficarlos, diría que son como discos, que se expanden a partir de un punto central inicial, y pueden dilatarse infinitamente. Y como están en distintos planos, paralelos, nada impide que haya varios, porque no se superponen ni se chocan nunca. Todos pueden crecer hasta lo indecible -y lo hacen- sin que los demás decrezcan ni un ápice.

Dicho todo lo anterior, les pido no hacer demasiado caso a tanto palabrerío, mera muleta para tratar de compartir lo incompartible. Lo que se siente en realidad tienen que comprobarlo con la vida, porque pertenece al reino de la no palabra.

© JIR