una negrada Abr20

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una negrada

Alguna vez anduvimos necesitando un viñetista para el newsletter que un banco internacional enviaba a sus clientes. Dicha pieza -que nosotros hacíamos- era una revistita con la típica información del banco, ofertas, resultados y el esperable etcétera financiero que hace que uno reciba la pieza, la abra a ver si hay alguna mala noticia, y en caso de no haberla, arroja a la basura en 5 segundos, 10, máximo.
Para morigerar esa conducta tan desaprensiva de la gente (insensibles, no se imaginan las horas que hay atrás de algo que se desecha en un periquete) le propusimos al cliente que, además de los datos normales, añadiéramos una nota de color, una columna de alguien más o menos conocido y al final, una hoja de humor de buen nivel. La idea gustó y nos abocamos a buscar al humorista. Queríamos que fueran chistes con alguna temática bancaria, y a la vez, de alguien reconocido, para mejorar la percepción de calidad.


Primero, hablamos con Nik, que estaba en pleno ascenso. No nos atendió en persona y nos pidió 800 dólares por viñeta. Respetable, mal no le fue. Sendra declinó porque estaba con muchos proyectos. Quino se excusó porque estaba tratando de trabajar menos y nos dijo que “estaba viejo” (sic), a lo cual le contestamos “Totalmente entendible, maestro”. Caloi no nos gustaba para el tipo de trabajo y Liniers y Tute no existían.
Finalmente, llamamos a Rosario y nos atendió una voz amable, recién emergida de la siesta, que escuchó pacientemente la horda de explicaciones que le íbamos dando y nos pidió una dirección postal para “mandar algo” (sic). Tuve el privilegio de ser quien habló y era como tener un autógrafo en la oreja, su voz.
Cuatro días después, nos llegó un sobre con la icónica letra y al abrirlo, una serie de chistes hechos en marcador negro y una carta que decía:

“Mis estimados, acá les paso algunas ideas que estuve pensando para el Banco. Fíjense si es lo que están buscando o hay que rumbear para otro lado. En todo caso, hablemos por teléfono. En cuanto al precio, simplemente no tengo idea de cuánto cobrar, así que ustedes díganme más o menos cuánto pensaban pagar y lo charlamos. Atte, Roberto Fontanarrosa.”

¿Era un junior regalando su talento para ver si tenía suerte? No, era el un grande que se había sentado a pensar chistes bancarios ad-hoc para unos pibitos, con la misma humildad de un aprendiz de dibujante. No había dicho “Ustedes ya me conocen, valgo tanto y aceptarán el precio que diga y el trabajo que haga, porque soy groso”. No, se estaba probando, a ver si nosotros dábamos por buenas sus ideas. No había pedido nada para los bocetos, había pagado el franqueo de su bolsillo y encima, nos solicitaba orientación a ver si sus ideas eran lo que estábamos buscando.
Amor por lo que se hace, humildad por cómo se lo hace. Qué Negro aleccionador.

© JIR