Gente de fuego Abr16

Tags

Related Posts

Share This

Gente de fuego

El fuego da luz y calor; no por lo que hace, sino por lo que es. No engendra incandescencia, es incandescente. Si no lo fuera, sería otra cosa.

Un amigo es alguien que te lleva al bien. Si no llevara al bien, sería otra cosa. Quizá un cómplice, un secuaz, un compañero. Y lo pienso sin utopía, porque lo contrario a un amigo ideal no es la nada, sino un amigo real; otra alma libérrima, imperfecta, que nos perfecciona. Para transformar, basta con que exista, como el fuego, que no obra ni habla, nada más es.

Y acá se acaban las correspondencias, porque con la llama es fácil distinguir la genuina de la ficticia; simplemente los sentidos nos dicen que esta última no es fuego. Con la amistad cuesta un poco más, porque habitamos un mundo de aleaciones y mientras nos vinculamos, el corazón va queriendo distinguir las relaciones verdaderas de las aparentes, (bueno, no sé a ustedes, a mí sólo lo genuino me hace feliz). Siendo niños era simple: una vez que llegabas a la edad en que descubrías que además de un yo había un otro, y ese otro era alguien concreto con tales cualidades que te agradaban, listo, era tu amigo. Los amigos se querían por lo que eran, no por ser un contacto o un prospecto, sino por ser meros pibitos. Era pasar tiempo juntos y disfrutarse sin más propósito que pasar tiempo juntos y disfrutarse. Era mimetizar las almas en desintereses; pasaban horas y parecían santiamenes.

Hoy, siendo adultos, hay riesgo de adulteraciones. La distinción de una amistad verdadera es más resbaladiza y podemos confundirnos sin querer. Por eso creo que la frontera dentro de las cuales nacen las hermandades llega hasta el fin del secundario -o la universidad, máximo- cuando todavía no sos utilitario, solamente sos, con tus atractivos y repelencias. Obvio, sí, pueden nacer fuegos inextinguibles y puros a cualquier edad de la vida, pero a medida que crecés -y si tenés la vicisitud de convertirte en alguien “importante”- se va haciendo difícil discernir a los amigos de las relaciones amistosas.

Creo que hay dos vislumbres claros de lo genuino de una amistad. Uno, la transformación en alguien mejor. Decíamos que el fuego, por ser, transforma lo que pasa a través suyo. Quien nos lleve al bien -un amigo- es incandescencia que nos convierte en mejores nosotros, sacando lo mejor de lo que somos. No tiene por qué ser un santo, basta con que con su vida y trato nos inspire a ser más humanos, menos rastreros. Y el otro indicio es la ausencia de interés; cuando el amor es un fin y no un medio. Más aún: ni siquiera digo que una condición sea que ambos amigos acepten o rechacen cosas parecidas; me sucede que tengo incondicionales con los que pienso totalmente diferente en temas profundos, pero entre nosotros hay respeto por nuestros valores y amor por el mero hecho de (tratar de) ser personas nobles, honestas consigo mismas; y ése es el punto de encuentro, no la opinión.

¿Otros indicadores de la gente de fuego? Puestos a escuchar la intimidad del corazón, hay muchos: la ausencia del amigo no te es indiferente, lo extrañás, querés tratarlo, estar con él. Rendís tus castillos, ya conoce tus miserias, no hay que encubrir lo que sos o aparentar lo que no. Estás dichoso si le va bien y adolorido si le va mal. Tenés longanimidad con sus descuidos, olvidos y hasta desapegos, porque te sabés igual de endeble. Querés su bien, llevarlo a lo que considerás bueno, respetando su libertad. Quizá des muchas vidas por ese amigo -y él por vos- aunque esos martirios no sean más que humildes inmolaciones, alfilerazos nomás, como trasnochar por escuchar una angustia necesitada de oídos. No buscás reconocimiento o valoración, sumar puntos de amistad: lo querés por quererlo. Y la prueba final, creo, es amar hasta que duela. El dolor -o el sacrificio- es el indicio del verdadero amor. Porque cuando todo es gozo, corremos el riesgo de engañarnos y confundir el amor por alguien, con nuestro amor por nosotros. Creemos que lo queremos por sí mismo, pero en realidad lo queremos porque nos da placer. Si el sacrificio aparece, nos intima a elegir o negar al amigo; si lo niego, no había amistad verdadera, solamente amor propio.

Como ya saben, en estos temas de la piel para adentro, no puedo cerrar las cosas sin compartir mi visión espiritual del asunto. Y acá hago la confidencia de una historia gigante que me estremeció desde la primera vez que la escuché, siendo niño. Y me sigue estremeciendo cada vez que la medito. Jesús y Lázaro eran amigos. Lázaro se enferma, muere y sus parientes buscan a Jesús para contarle la noticia. Él, que era Dios-hombre, sabía más que nadie lo que a nosotros nos cuesta vislumbrar: que la muerte no es la aniquilación, sino la transformación y el paso al seno del Padre, el infinito y eterno Amor. ¿Pero qué sobreviene? Jesús llora, Jesús gime. No racionaliza, ni se pone a sermonear consolaciones; tiene el corazón roto, y llora. El Dios feliz, todopoderoso y eterno, que hizo el universo y puso trillones de estrellas a rugir, llora. Por un amigo. Y del abismo de su dolor, surge un amor más abismal y lo resucita.

Si alguien tan grande se conmovió con una criatura, es porque la amistad efectivamente debe ser algo muy grandioso. Quizá estemos demasiado distraídos para verlo, pero me juego a que muchas veces nuestros amigos nos resucitaron de nuestras pequeñas muertes. Ansío tener ese don de arder también por ellos.

© JIR