disgustados Abr04

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disgustados

El quejoso se parasita a sí mismo. Algo biológicamente imposible, es actitudinalmente viable: consumir las propias energías vitales y no retribuírse nada a cambio. Y nadie puede tirar la primera piedra, porque todos nos quejamos alguna vez. Pero una cosa es la queja esporádica y puntual, y otra el vicio repetitivo, que va más allá de la catarsis con un amigo o del reclamo ante un problema o una injusticia. La queja como vicio es el modo habitual no ya de opinar, sino de vincularse con la existencia. Implica una configuración particular de percibir las cosas, procesarlas, detectarles la carencia y emitir el chillido. ¿No les sucedió estar al lado de alguien que siempre se ofusca por cosas de las que uno ni siquiera se percata?

Creo que como actividad humana, la queja es menos nociva que el rencor, pero es aún más improductiva que la misma crítica -miren lo que digo- porque si ésta al menos señala una falencia capaz de mejorarse, la queja ni eso. Y hasta me atrevo a meterla en la categoría de las adicciones, es decir, hay quienes si no protestan, sufren de un síndrome de abstinencia tal, que sienten que no son ellos. En cualquiera de los casos, no sirve para nada, es ineficaz de toda ineficacia.


Lesionados hay muchos, siendo el primero el mismo quejoso. Se siente la única víctima de un problema que en realidad afecta a varios, o a todos. Considera que alguien o algo lo está dañando a él particularmente, reacciona con fastidio, no soluciona nada y gasta energía. Pero, como una mancha de aceite en el agua, los heridos se van sumando, porque al quejoso le gusta el público. ¿Nunca les pasó que, en una fila que va lento, la señora de adelante se da vuelta y les hace un comentario disgustado sobre la lentitud, como para que le den la razón y sigan la cadena? ¿O cuando el subte se frena, escuchar un concierto de chistidos y ver una cara que te gesticula? Un quejido con audiencia es mejor que un bufido solitario.

A todo esto, no nos vayamos a creer que el protestón tiene el aspecto de un ogro verrugoso que se ve a una cuadra de distancia. A veces es hasta creativo para agobiar, ya que como todo lo que hacemos, las quejas tienen diversas morfologías y medios expresivos. Pueden manifestarse con un gesto, semblante, tono de voz, confidencia, onomatopeya, silencio calculado, cóctel molotov, libro, blog, tweet, frase, estado de Facebook, foto y hasta chiste, porque el sarcasmo es el humor de la amargura. Respecto a la tensión emocional, está la queja lastimera, como sauce llorón, la monocorde, que no da tregua, y la fulminante, pinchuda y enojosa. Sea cual fuere, el efecto es el mismo: tedio e incordio, nada que sume.

¿Cuáles son la fuentes antropológicas de la queja? Creo que son dos. Una, cierta inmadurez para aceptar la impotencia. Y la otra, falta de coraje para enfrentar lo que se puede cambiar. Explico la primera: la impotencia es inherente a nuestra condición humana, todos somos impotentes para algo. Si hace calor, no podemos trastocar la atmósfera o rotar el eje terrestre. Mala suerte, lo sufrimos todos; quejarse no baja la temperatura y predispone mal. El calor (factor externo, común a todos) no produce la queja, sino que la no-aceptación (factor interno) es lo que la hace nacer. Explico la segunda: hay muchas cosas que sí podemos cambiar, pero elegimos no hacerlo. Es más fácil quejarse que enfrentarse. Cuesta menos, pero también sirve menos. Por eso -a simple vista- se observa que la gente que progresa no es la protestona, sino la que le pone el pecho a lo que puede mejorar, con actitud positiva. Los protestones vegetan y mueren en radio pasillo.

Cualquiera sea la fuente del vicio, hay veces -en casos extremos- en que el irritado se enoja con el que no se lamenta. ¿Es pecado bancarse el calor? ¿Es una ofensa no quejarse? ¿Está mal no proseguir la cadena de insatisfacción? A veces, para algunos, sí.


Y finalizamos acá, con una idea del comienzo: ninguno de nosotros está inmaculado de protestas, por eso sería fariseo escribir esto desde un atril de perfección. Así que no está bueno quejarse ni siquiera de los quejosos. Creo que lo más humano y justo es aceptarlos con clemencia, no rechazarlos con severidad. En muchos casos, el vicio es prácticamente inconsciente, ni ellos advierten que viven gimiendo o exasperándose o siquiera que hay otras formas de lidiar con la vida. Si podemos ayudarlos (o pedir ayuda, cuando nos toque), mejor. Si vemos que no hay cura, quizá convenga preservarse, alejándose a una juiciosa distancia. La queja es un peso muerto autoinfligido. Si podemos dejarlo a un costado, qué bueno.

© JIR