LLUVIEDADES Abr03

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LLUVIEDADES

Ella no se decidía por cuál esquina vadear, la calle era un torrente pequeño demasiado grande para sus zapatos caros. Por fin una ráfaga de viento le quebró el espinazo al paraguas y le vi la cara; tenía los ojos como mariposas en alfiler. Él vacilaba a su lado, a un metro y diez galaxias de distancia. Viéndola diluviada, se atrevió. Eso que está en el aire, ¿es un perfume o una canción? Es mi risa, contestó ella, ¿no le vas a dar una oportunidad al amor? Era una cursilada, una humorada final, pero él simuló otra sintonía. Ya le di demasiadas, en muchas veredas de muchas noches. Pero hoy está lloviendo, dijo, y ya no tengo paraguas ni vos tenés auto; vayamos a mirar el río. ¿Mirar? Tengo los ojos dolidos, como tambores, llenos de cosas miradas. Ella insistió. Caminemos juntos bajo tu paraguas mientras la ciudad se lava. Acá está mi brazo, dijo él, para que no te patines. Ella lo tomó como una hiedra y vistos de arriba parecían una flor. Él sentía el miedo como una segunda saliva. Ella iba hacia el desamparo. Cruzando la costanera, él sintió burbujas en la sangre. La acercó más y la besó en susurro. Por favor, no te suicides. ¿Por qué no? Porque dieron las doce y es mi cumpleaños. ¿Y? Y no hay que morirse en los cumpleaños. Pero, ¿sabés cuántas personas se van a morir hoy, de todas formas? No me importa cuántas, quiero que mi regalo sea una menos. ¿Y cómo sabés que me voy a suicidar? Te lo veo en los ojos, y… eso de venir al río. Ves muchas cosas, vos. Más de las que te imaginás. Iba a continuar, pero se quedó sin trama y trató de remontar el silencio, acodándose en la baranda, hablando de trivialidades, del aire: qué vendaval, ahora parece que es mi paraguas el que va a partirse. Ella consideraba al Plata: el río se revolvía como muchos leones. La volvió a besar, en el fragor. Ella: siento en mi interior toda la lluvia, no me pidas refugio porque te morirías. Él: volvamos, es mi cumpleaños, vivo lejos, crucemos este día y después te emancipás. Ella estaba ida. ¿Y si ya estoy muerta? Ya ni siquiera tengo sueños por las noches. Quizá sueñes que no soñás, no es tan grave. Ella rió. Algo se hizo circular. Él maniobraba las varillas encabritadas, inútilmente. Por fin una ráfaga de viento le quebró el espinazo al paraguas y le vi la cara; había tenido un día como un Everest. Eso que está en el aire, ¿es un perfume o una canción? Es mi risa, contestó ella, ¿no le vas a dar una oportunidad al amor? Dejemos al río sin víctima y veamos. ¿Un chantaje? No, un ruego. Hubo un temblor de astros, imperceptible. ¿Hay vida después del desgano, de muchas fatigas, de desamada? Siempre hay vida después de. Vamos, volvamos. ¿Volver? Alejarnos, en cualquier dirección, de esta baldosa maldita ya es volver. Tonto. No me llamo “tonto”, me llamo (no alcancé a escuchar). Y yo (disculpen, tampoco). Ella tenía en los labios unas alas rotas, pero con dos besos de alivio. Él le dio el tercero. La lluvia era más presencia que nunca. Dieron la vuelta.

© JIR