las ideas son cosas Mar17

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las ideas son cosas

Gran tara: sufrir en nuestra carne cuando critican algo que creamos.

Es como si alguien le diera una patada a una mesa y al carpintero le doliera la rodilla. Por supuesto que este sufrimiento es natural, porque en lo que hacemos expresamos lo que somos, pero también es un sentimiento superable, o minimizable, al menos. Trabajar en una profesión creativa -cualquiera sea- te expone al juicio de los demás; lo que hagas será carne de opinión. Buena, mala, justa, injusta, fundada, infundada; lo mismo da. Y si uno deja la piel y la autoestima en cada idea que genera, morirá de furia o tristeza antes de cumplir los 30 años.


Fuera de esta recomendación que voy a compartir, no tengo mucho más que aportar: para conservar intacta la capacidad creadora, cosifiquemos lo que hagamos. Las ideas son cosas, no pedazos de alma. No somos nosotros, aunque provengan de nosotros. Son entidades que creamos, como castillos de arena, y pueden ser destruidas, cuestionadas y recreadas sin mayores costos emocionales. Que las critiquen todo lo que quieran, uno está fuera de la andanada. Esto es lo saludable, lo que permite poner distancia y objetividad y, fundamentalmente, ayuda a evolucionar; porque si nosotros también somos despiadados con nuestras creaciones, podremos discriminar las que están buenas -para conservarlas y defenderlas contra el universo- de las que están malas -para descartarlas sin miramientos-. Un indicador interesante de si evolucionamos o no, es repasar creaciones que años atrás nos hayan parecido buenísimas, para ver si las seguimos apreciando de la misma forma. Muchas veces sí, porque realmente fueron geniales y siguen vigentes; pero otras tantas no, porque nosotros habremos madurado, crecido y mejorado nuestros talentos, y dichas creaciones se nos antojarán burdas, chatas y bastante malas. Si eso pasa, buen indicio: progresamos.


Cosificar lo que hacemos también es provechoso porque suprime el apego, la sensación de paternidad sobre lo hecho, y nos hace permeables a las sugerencias de otros sin sentir que perdemos la caprichosa potestad sobre ese “hijo” nuestro. Por si fuera poco, ayuda a evitar malformaciones de la autoestima, esas distorsiones de la percepción de nuestras capacidades, sea en poco -lo cual nos volvería injustamente acomplejados- o en mucho -lo cual nos volvería irritantemente soberbios-.


Es obvio que lo mencionado arriba es fácil de decir y difícil de vivir. Renunciar a un amor no es simple, y cuando censuran algo que hacemos, es inevitable sentirse censurado. De hecho, hay quienes critican a la criatura como vía para criticar al creador. Paciencia, teflón, sordera selectiva. Hay que sobreponerse; no queda otro remedio si no queremos caer abatidos por el desaliento.

© JIR