naftalina para los rencores Feb18

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naftalina para los rencores

Un día abrieron un negocio para lucrar con el peor negocio del mundo.

De rojo apagado, de vidriera somera, el local inauguró un viernes de invierno por la noche. La marquesina describía el único artículo que se vendía, “Naftalina para los rencores”. El día y hora estuvieron bien pensados, porque se sabe que al finalizar la semana, mucha gente acaba con el trajín laboral y comienza a no tener nada que hacer. Ése es el momento ideal para ponerle carburante a la cabeza y darle de comer a las tarántulas del corazón; así que el primer curioso se acercó a los cinco minutos de la apertura, miró los frascos con relucientes bolitas blancas y entró a solicitar asesoría. El tendero lo instruyó en el producto, que no requería de demasiada explicación; las esferitas se ponían al lado de los rencores, para que éstos no languidecieran. Estaba garantizado que, si se usaban con la frecuencia prescrita, los resentimientos no solamente no se disolverían, sino que además, se irían osificando y en el mejor de los casos, abotagando hasta estar lozanos y contagiosos. El curioso se convirtió en el primer comprador, se llevó dos recipientes.

Llamativo gasto, porque aún quitándole el aspecto moral y viéndolo desde una óptica puramente mercantil, el rencor es la más pésima permuta. Se invierte mucho y no se obtiene nada. Reclama energías emocionales, psicológicas y hasta físicas, con retribución cero, siendo el odiador el único perjudicado, mientras que el odiado va por la vida feliz, acaso ignorando que alguien le tiene tirria por alguna causa que él no imagina o ya olvidó. A pesar de este incuestionable mal negocio personal, el localito prosperó y sin complejizar demasiado la fórmula original, empezó a vender algunas variedades del producto base, para adecuarse a la demanda.

Una línea que salía bastante bien era la variedad para los rencores hacia uno mismo; esos errores cometidos que no se terminan de perdonar, culpas por haber sido débiles, cobardes o malos. El producto actuaba muy eficientemente contra la aceptación de sabernos capaces de cometer errores, prevenía cualquier misericordia hacia las propias miserias y lograba apagar la peligrosa esperanza de redención o aprendizaje y la consecuente liberación interior. Si cumplía su cometido, hasta lograba desanimar del todo acerca de recibir el perdón de los demás, o de Dios.

Otra variedad —también de venta libre— era la que proporcionaba una desfiguración de la realidad, convirtiendo algo inofensivo en una grave ofensa. Así las cosas, el paciente sentía que los demás lo injuriaban con sus acciones y menospreciaban con sus omisiones, y tal como prometía el producto, sus rencores se multiplicaban con el correr de los días. Esta receta funcionaba perfectamente no sólo para conservar rencores hacia personas, sino también hacia instituciones, empresas, razas, credos y agrupaciones humanas en general, que tácitamente ofendían al paciente, aún sin saber que lo estaban haciendo, quizá por el mero hecho de existir. En casos extremos, si el paciente era especialmente sensible al principio activo, brotaban recuerdos enojosos inclusive hacia seres inanimados, como el frío, la lluvia o un ascensor roto de la infancia. La distorsión de la realidad abarcaba un poco más allá de las personas y objetos, y se aplicaba también a la percepción temporal, porque si la persona era ofendida una vez, permanecía ofendida siempre, convirtiendo un instante del pasado en un presente tenaz.

La especialidad familiar era de las más demandadas. Siendo la familia el primer grupo humano y la primer fuente de amor y cariño, también es el manantial de los más amargos rencores, por provenir de personas tan cercanas. El principio activo trabajaba sobre el orgullo, previniendo la cicatrización de los enconos y favoreciendo el aislamiento de la persona. En el mejor de los casos, los efectos duraban hasta que el supuesto familiar-ofensor moría, lo que daba al paciente la ocasión de  pudiera decir en el velorio “se murió sin pedirme perdón”. A veces, el rencor pervivía durante décadas después de muerto el mencionado ofensor. Otras, desaparecía, pero para dejar lugar a un efecto colateral no deseado, como la culpa y la depresión por haber perdido la oportunidad de arreglar las cosas antes del final.

En épocas electorales, se vendía muy bien la receta para los rencores políticos. Tenía un gran efecto en resucitar o directamente, crear antiguas heridas de otras épocas, de aún antes de haber nacido. Resentimientos que se heredan por vía familiar o por generación espontánea, se asumen como propios y son el caldo de cultivo para mantener enfrentados a los habitantes de una nación, o entre naciones entre sí. Esta variedad de naftalina fomentaba la confusión entre la reparación y la venganza, la justicia y la revancha, el pasado y el futuro y, en definitiva, el amor y el odio. Muy vigorosa para crear prejuicios y eficaz para legitimar rencores contra instituciones que quizá nunca habían dañado al paciente, como por ejemplo, instituciones religiosas, que éste comenzaba a aborrecer por cosas que habían sucedido hace siglos o milenios, provocadas por personas ya muertas que nada tenían que ver con el presente.

Quizá se hayan probado algunos productos más que ahora no se recuerden. Sin obviar las diferencias entre las variedades, todas tenían el común denominador de sofocar la capacidad de cambiar, empatizar, comprender, perdonar o sentir compasión. De reconciliarse, en una palabra. Aunque en el prospecto no dijera nada, los efectos secundarios siempre se hacían notar. Muchos pacientes se quejaban de tener el alma como una salina, de no poder dormir bien, de sentir que sus sonrisas eran máscaras, o de sufrir alucinaciones, viendo cosas que no existían. Una suerte de delirium tremens espiritual, agonía de corazón. El negocio nunca negó ni confirmó la existencia de tales secuelas, y en todo caso, recomendaba duplicar la dosis, no fuera cosa que los rencores enflaquecieran y dieran lugar al primer paso de la dicha, que es descubrir que todos somos imperfectos, pero perfectibles.

Un lunes por la mañana, con la misma discreción con la que abrió, el negocio cerró. Dicen los vecinos que días antes, un dependiente, violando flagrantemente el reglamento interno, robó un poco de producto y lo usó para él mismo; acto seguido, abandonó el local, tomó el tren de las nueve y, al amanecer del día siguiente, llegó a una estación perdida en el campo y le pegó dos tiros al dueño, que vivía retirado. A partir de esa fecha, la receta comenzó a correr susurrante de boca en boca, y aún hoy a esas bolitas blancas se las pueden conseguir en el mercado negro. Si por casualidad llegan a comprar alguna, ojalá que no les funcionen.

© JIR