E = P + R Feb15

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E = P + R

Uno de los elementos más extraños en la Tierra no es iridio, sino el empuje. A simple vista y por la prensa que tiene, pareciera que es un atributo exclusivo de emprendedores, gerentes o CEOs, e inexistente en personas en relación de dependencia, niños o jubilados. Falso. Empuje hay -a veces activo, a veces latente- en toda persona más o menos sana, más o menos viva. Es una característica de nuestra naturaleza humana; si se es emprendedor serial o empleado municipal, puede haber empuje. El problema -por eso digo que es extraño- es que se manifiesta muchas menos veces que las apetecibles.

¿Qué queremos decir cuando declaramos que alguien tiene/no tiene empuje? Bueno, supongo que hay muchas realidades -bríos, pasión por hacer- que podrían caber en ese término. Creo que es una de esas cosas que uno distingue fácilmente, pero se le hace difícil de definir y extraer el principio químicamente puro. Acá me arriesgo a un intento de precisarlo, exponiendo mi cuello a los popes en comportamiento humano, que tendrán una definición más académica y valiosa. Según mi propia fórmula casera, alambicada después de dos décadas de laburo, sugiero que la composición podría ser la siguiente:


E=P+R

Donde:

Empuje = proactividad + reacción

Acotemos cada factor.


Proactividad sería la capacidad de pensar, intuir o imaginar lo que todavía no pasó -pero podría pasar- y adelantarse para hacerlo antes de que suceda y tengamos que salir a apagar el incendio o a reaccionar porque a otro se le ocurrió antes. Es decir, resolver un problema antes de que suceda, hacer algo antes de que nos lo digan, crear algo antes de que se lo necesite. Trabajarlo en el presente para cuando se presente en el futuro.

Reacción es la contracara: es la velocidad para responder ante un suceso que no se esperaba, y la capacidad de accionar hasta resolverlo, rápida y contundentemente.


El Empuje, pues, sería la suma de ambas cosas. Ni el tipo proactivo que cuando tiene un imprevisto se queda tieso, ni el tipo meramente reactivo que es rápido para responder, pero incapaz de prever. También podríamos incluir a la persona inteligente, en su sentido etimológico (intus legere, en latín, “leer dentro”) que -viendo las cosas del día a día- logra sacar conclusiones o soluciones conceptuales generales y a largo plazo. Ejemplo sencillo: un tipo ve que una canilla gotea cada cierto tiempo. Puede ponerle sellador, esperar a que se erosione y volverla a sellar hasta el fin de sus días; o buscar la causa profunda del problema -qué se yo, la presión de los caños- y resolverla para que no vuelva a suceder. La persona con empuje “lee dentro“, detecta patrones y es una especie de radar observador, buscando cómo cambiar y mejorar lo que lo rodea, viendo lo que otros no, imaginando lo que los demás no perciben y pasando a la acción ejecutando, resolviendo o creando. O proponiendo, al menos, si no depende de él. Insisto, esto se ve a diario, en personas de todas las edades, profesiones y actividades, no es un factor privativo de los emprendedores o la alta gerencia.

Volviendo a la fórmula, si se la quiere completar un poco más, podríamos añadirle otro factor, que sería multiplicar ambas cosas por la constancia.


E = (P + R) . C


A la constancia se la define como la capacidad de mantener el empuje a lo largo del tiempo, perseverando en el propósito aún a pesar de las frustraciones, obstáculos y retrabajos.

La constancia no es una dimensión insignificante, porque sucede que cuando se acomete una tarea, casi siempre el arranque es impetuoso, pero la energía va decreciendo con el tiempo. La constancia debería estar identificada con el objetivo y separada de las emociones, ya que éstas son volubles, pero el objetivo es estable. Si realmente estamos determinados en transformar las cosas, el empuje necesita duración. A todos nos resulta fácil ser héroes-del-comienzo. El entusiasmo inicial, la prédica motivadora y la ilusión de la misión nos llenan de ímpetu y nos lanzamos a la carrera confiados en la coronación. A medida que el esfuerzo se hace largo, comienza a reclamar sus sacrificios y cansancios, o el progreso es más lento de lo que ansiábamos, afloran las deserciones, y los héroes-de-la-mitad se cuentan por menos. Cuando por fin llegamos a término, ya queda un puñado de almas, los héroes-del-final, o mejor dicho, los héroes-de-siempre. Estas personas son las necesarias y las más valiosas. No porque las anteriores no tengan peso específico, sino porque las transformaciones importantes quedarían truncas si solamente fueran abordadas por gente que abandona a medio camino. Sí, muchas veces no se puede, pero casi siempre, la perseverancia es más transformadora que la genialidad inicial.


Al respecto de lo anterior, me viene a la cabeza la diferencia entre la llamarada y la brasa. Empuje sin constancia es llamarada que impresiona pero no sirve. Deslumbra y conmueve, pero es fugaz. Solamente incendia si la leña es fina y está sequísima, si todo es fácil. Lo efímero del resplandor se va pronto y deja paso a la misma realidad, que no cambió en nada. La antípoda de la llamarada, es la brasa. El empuje con tenacidad y “bajo perfil”, digámosle. La brasa, petisa, poco sensacional, dura y sigue emitiendo calor y luz durante horas, incendiando todo lo que toca, aún si la leña está verde, si hay humedad, si todo es complicado. Quizá disponga de la misma energía que una llamarada, pero la extiende en el tiempo, aplicándola persistentemente. ¿Qué tipo de fuego preferirían ustedes para tener como compañero de vida, juego o trabajo?

 

¿Cuáles son las cuerdas íntimas que empujan al que empuja? ¿Quién sabe? Hay infinitas, tantas como seres humanos. Hacer un listado nos demandaría 7000 millones de renglones, uno por cada persona que viva en el mundo. Lo que sí creo es que para ser felices, es importante descubrir al menos una, esa que despierte el motor que todos llevamos dentro. Vivir sin ideales es languidecer. Quizá no tienen que ser grandes empresas o revoluciones mundiales. Quizá se trate de formar una hermosa familia, crecer espiritualmente, desarrollarse en la profesión, mejorar la comunidad, o un simple hobbie. Yo no sé, cada uno sabrá. Sí sé que cuando esa cuerda es descubierta, es diáfana. El indicio de haberla hallado es que comenzamos a sentir que no podemos respirar otra cosa que viento.

 

© JIR