quereres y poderes Jul07

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quereres y poderes

Durante varios años traté, en vano, de resolver el dilema del querer y el hacer. De hasta dónde era cierto eso de que “querer es poder” y por lo tanto, los que no “logran” cosas, en verdad es porque no quieren realmente, tienen voluntad endeble y metas cortas. Por esa época busqué -creo que en Segundamano, ja- un profe de kayak y providencialmente, conocí a Pablo Basombrío, el mejor: un deportista extraordinario, con una vasta experiencia en expediciones de kayak de aventura, además, un pibe con una cultura general increíble. Fue amor a primera vista, de esas afinidades que sentís con la gente que tiene tus mismas pasiones, creció en un entorno familiar parecido y la educaron en valores semejantes. Un alma gemela, bah. Durante unos meses, viajé todos los sábados a Bella Vista, a aprender el roll, remadas, y otra técnicas del kayakismo. Después de la clase, nos quedábamos charlando con mutua admiración y cariño.

En alguna de esas reflexiones, salió el tema de “la voluntad” y el “querer es poder”, como condición de todo deportista, y más de aventura. Y que “la voluntad” era requisito para cualquier emprendimiento de la vida, allende el deporte. Por esos años, me encontraba bastante intoxicado con exceso de libros de management, liderazgo, autoestima y motivación. Era lógico, estaba en los primeros pasos de mi empresa y necesitaba toda esa inspiración, para emularla. Así que sentía que podía dar cátedra del asunto. Alto iluso. El infortunado Pablo tuvo que sobrellevar un monólogo muy copetudo, acerca de que mi lema en la agencia y la vida era “hacemos que las cosas pasen”. Y que lo aplicaba a lo cotidiano y por supuesto, al campo de acción que creía más obvio y evidente, la profesión. Me dejó seguir con la perorata. Y yo me embalé. Sostuve que los que no hacían era porque no querían, por pesimistas a priori, pusilánimes y faltos de audacia o metas. Que a un “realizador” se lo reconocía no sólo porque tenía el objetivo claro y el alma en llamas, sino además por su voluntad de hierro y la energía de una supernova; la “capacidad de hacer”. Me dejó seguir. Y ahí puse sexta: que no concebía la vida de otra forma que una lucha y empresa constantes, proponiendo objetivos cada vez más ambiciosos y yendo tras ellos, espoléandome a mí mismo, hasta lograrlos, pararme sobre su vencida supuesta imposibilidad y clavándoles una bandera de conquista en el medio del pecho. “Hago lo que quiero hacer”, terminé en el mejor estilo soberbio-ridículo-pavorrealista-testosteronoso. Ahora viéndolo a la distancia, qué vergüenza me da tanta inmadurez. Después de la larga arenga, se hizo un silencio de unos segundos y Pablo dijo “yo, en cambio, hago lo que puedo”.


¡Qué decepción! ¡Pablo Basombrío, el tipo que cruzaría el Cabo de Hornos en kayak, que había recorridos lagos con icebergs, campos de hielo, ascendido al Aconcagua, que era un deportista impecable y un tipo cultísimo… “hacía lo que podía”! ¡No podía ser! Le dije que quizá no me había entendido, que para mí él hacía que las cosas pasaran, que era de mi estirpe de hacedores, ¿cómo iba a decir semejante pavada?  Me parecía derrotista, mediocre y desmotivador. Falso en él. Pero no había nada de falso, sino mucho de vivencia y experiencia. Pablo era más sabio y había vivido más, no había remado en ríos de pacotilla, como yo, sino en mares bravos. Experto kayakista y deportista de aventura, sabía de lo que hablaba; y tuvo la amabilidad de ser didáctico sin ser humillante. Explicó algo como “Cuando te careás con la naturaleza, te das cuenta de tus verdaderas fuerzas y capacidades. Vos podés querer llegar a la cima de la montaña: te preparaste durante meses, tu alma es una hoguera, tu mente, la reciedumbre; tus piernas, dos cedros poderosos, tu equipo, de última tecnología, tus compañeros, el mejor grupo humano… y no llegás. Te agarra una nevisca, o te lesionás, o simplemente el cuerpo no puede más. La voluntad quiere y algo te lo impide. En la montaña -y en el mar, y en la naturaleza toda- aprendés a ser humilde, a bajar los humos. Hacés lo que podés, cuando podés. Por supuesto: el que empieza con pesimismo, no logra nada; el que se rinde, no logra nada; el cobarde, el que tiene bajo umbral al dolor y el que no tiene una fe ciega en la meta o compañeros, jamás llegará a ningún lado. Pero aunque seas todo lo contrario a un flojo y encogido, a veces… no llegás. No es que no podés, no te dejan poder”.


Sablazo de sensata experiencia versus vana teoría. Qué gran testimonio de alguien que era la antítesis del desmoralizado e irresoluto, pero que había vivido -y no solamente leído- lo que es querer, poder y lograr. Los años y fracasos le dieron la razón. Mil veces intenté y no pude, luché y perdí, quise y no logré, puse todo y obtuve nada. No era cuestión de voluntad, mediocridad, poca fe, laxa preparación o falta de perseverancia; era la montaña -la realidad- versus mis fuerzas limitadas.

A veces, la voluntad desea, las ganas quieren, el corazón anhela. Pero las fuerzas no pueden, los otros impiden, o simplemente, al universo no le apetece. Queremos tanto y podemos tan poco. Pensaba que “hacer que las cosas pasen” era un grito de guerra potente. Y lo sigo pensando y viviendo de esa forma, sí, pero atemperado por la objetividad dura, con el copete arriado a fuerza de intentonas y reveses.

Pablo, con el relato y la vida -con la evidencia- me ayudaron a desentrañar la disyuntiva que les comentaba en la apertura del post: el de querer y poder. Hoy y ahora, creo que llegué a un punto medio entre el vigoroso “hago lo que quiero” y el aparentemente claudicante “hago lo que puedo”. Dicho punto medio es “hago lo que me permiten”. ¿Quién o qué “me permite”? Todos los factores de la realidad: los otros, mis carencias, la fuerza o falta de ellas, la velocidad de reacción o falta de ella, los recursos económicos, el gobierno, la burocracia, las limitaciones propias, de otros, la salud y el taxi que perdiste y te hizo llegar tarde a una reunión importante, todo lo que no podés manejar; el 99,999% de la existencia, seamos honestos. Emprender siempre, optimismo invariable, rendirse nunca, pelear a muerte como si fuera Gaugamela, encenderse en llamas de pasión y aplicar caballos de fuerza de acción, sí, ¡sí, sí, sí!, siempre, cada vez, sin desfallecer. Pero todo eso no garantiza el éxito, cualquiera sea su definición, y no por eso, sos un fracaso que camina. Quizá, todo lo contrario, como paso a explicar a continuación…


 Divina Providencia.


Arriba, compartí la vivencia meramente natural del asunto querer-poder. Pero para terminar y ofrecerles mi cosmovisión entera, como soy una persona de fe, quisiera hablar del plano sobrenatural, que es la Divina Providencia. El que se quiera ir, es libre. 😀

La Providencia no es -como muchas veces creemos- un “almacén” gigantesco de donde salen las “cosas” que necesitamos, (el famoso y reduccionista “Dios proveerá”), sino que es la soberanía, la supervisión, la intervención o el conjunto de acciones activas de Dios en el socorro de los hombres. Con otras palabras, la certeza de que Dios cuida y gobierna todo lo que ha creado. Y en el plano del amor -Dios es amor-, podríamos decirle que es una Sabiduría trascendente e infinita, que ama. Piénsenlo, es lógico: si uno cree que hay un Dios creador y sustentador de su obra, todopoderoso y omniniscente (o sea, la capacidad de saberlo todo), la consecuencia razonable es que tenga un plan para su obra. Claro, estamos hablando de si uno cree eso. Si no se lo cree, pues claro, no tiene sustento.


¿Qué tiene que ver esto con lo que veníamos diciendo de querer y poder? Mucho, todo. La fe en la Divina Providencia es lo más necesario y hermoso del mundo. Paso a explicarlo: hace un ratito decíamos que el “hago lo que me permiten” era un concepto superador y sintetizador entre el “hago lo que quiero” y el “hago lo que puedo”. Y que eso no implicaba falta de optimismo, capacidad o energía; al contrario, supone que hay que poner más fortaleza y energía, aún sabiendo que podría no darse.

Entonces, si uno cree en que Dios es Padre y como tal, amante y providente, hay una gran alegría, tanto en el “éxito” como en el “fracaso”. ¿Por qué? Porque asumimos que Dios sabe más, tiene tiempos mejores, sueños más lindos, metas más grande que las que nosotros tenemos. Y por lo tanto -ahora viene la clave del asunto- asumimos que si para realizar un proyecto, uno pone el 110% de ánimo, energía, planificación, voluntad, trabajo, fuerza, capacidad y entusiasmo, y el proyecto no sale… por algo no tenía que salir. Repito, para que se entienda bien: no se trata de vivir pasivamente, “a la buena de Dios”, mediocremente sin poner un gramo de trabajo o esfuerzo, sino lo contrario: el poner todo -y más- de nuestro lado… y dejarle los resultados a Dios, con paz. Una consecuencia vital de esta fe es una gran confianza frente a la vida. Porque si la Providencia existe, y nosotros hacemos todo lo que está en nuestras manos, no hay nada que temer. Aunque pongamos todo y no obtengamos nada, no hay fracaso posible: en un plan más grande, eso es un éxito. Eso que -en nuestra miope perspectiva- parece un revés (o una injusticia), si hicimos todo lo humanamente posible y no salió, entonces fue bueno. Quizá no era el momento, el lugar, o la forma. No lo podemos constatar a ciencia cierta -por ello hablamos de fe- pero sabemos que es para bien. ¿Cómo perder la alegría, entonces, si sabemos que el Padre cuida siempre de nosotros con un amor y una eficacia mucho más grandes -cósmicas- que nuestra propia visión? Si creemos que Dios tiene un plan desde toda eternidad y que todo lo ordena hacia la consecución o el fin de ese plan, ¿cómo concebir a algo como fracaso?


Paradójicamente, a veces, la Providencia no provee, sino que niega. ¿Tienen hijos? Lo van a entender en un pispás. Un hijo quiere jugar y nos pide un cuchillo, se encapricha y tiene ganas de divertirse con el cuchillo. Siente que lo que necesita y lo quiere con toda su alma. Un buen padre no se lo da, porque se mataría o le sacaría el ojo a alguien. El chico llora, no entiende, grita, se enoja, se ofende con su papá. Y es lógico: su cabeza infantil no vislumbra la razón. Él piensa -y cree que no se engaña- que puede manejar el cuchillo, que tiene esa capacidad, que es bueno para él. El padre, que tiene una perspectiva mayor, sabe que su hijo no le miente cuando le dice que será prudente, pero no se lo da, porque conoce los peligros, su torpeza y falta de aptitud. ¿Es malo el padre? Para el hijo, en ese momento, sí. Para el hijo, cuando crezca, no. Así sucede con la Providencia. En ocasiones nos devanamos los sesos y drenamos las fuerzas en pos de cosas que creemos que son buenas, y en realidad son cuchillos que nos rebanarían el alma. ¿Cuántas veces, viendo en retrospectiva, eso que nos acongojó y entristeció terriblemente, terminó siendo la puerta a algo mejor o a un peligro conjurado?

Relacionado con esto, una vez leí algo simpático, pero profundo: cuando uno le pide algo a Dios, Él solamente puede dar tres respuestas

  1. Sí.
  2. Todavía no.
  3. Tengo algo mejor para vos.

Asumir que lo anterior es cierto, y vivirlo a diario, es confiar en la Providencia.

 

Este post se hizo largo, sepan disculpar. Quisiera cerrar con lo que llamo “las dos confianzas”, dos conceptitos que siento que nunca deberían estar separados si queremos vivir plenamente: una, la confianza en uno mismo. Esa es la base de todo. Confianza en lo que podemos hacer, fuerzas y capacidades. Somos un ramillete de regalos, talentos y poderes; tenemos que usarlos al máximo de nuestra idoneidad. Y dos, la confianza en la sabiduría de Dios, que rige al universo, tiene una perspectiva de eternidad y lo más importante, me ama con locura. Y como me ama, quiere que me realice y sea feliz, usando los talentos que me dio, negándome o posponiendo las cosas que creo buenas y no lo son, y sosteniéndome y haciéndome aprender de mis errores y carencias. Esas dos confianzas (creo, y así trato de vivirlo) mueven al mundo, disuelven los imposibles y aquietan ese corazón tozudo, que a veces se le da por desasosegarse sin motivos reales.

 

© JIR