salir del clóset Feb04

Tags

Related Posts

Share This

salir del clóset

Hay cosas que solamente podés discutirlas con gente a la que querés, porque si no, terminarías agarrándote a las trompadas. Más: con un amigo, podés disentir en las ideas y nunca sentirte atacado en la persona. Ese fue el caso de un atardecer de verano, en una de nuestras Filosofadas con Rubias (él, Heineken y yo), sentados en una mesa en la vereda.

El punto era –y sigue siendo– que mi amigo –ateo, él– se me cabrea cuando le digo que es un materialista que no salió del clóset. Entiendo su enfado, porque es una persona muy culta, amante del arte, la filosofía, la literatura y la música. Además, un pibe inteligentísimo. Y por sobre todo, una buena persona, con un alto sentido de la justicia social y dignidad del ser humano. Entonces, claro, decirle “materialista” a alguien tan humanista es casi insultarlo, reducirlo a un rejunte de protoplasma, en vez de considerarlo una persona tan llena de amores e ideales.

Pero antes de meternos en el pantano de la discusión, quisiera que nos pusiéramos de acuerdo con las palabras, para no confundirnos: ¿A qué llamo “materialismo”? No al materialismo entendido como la obsesión crematística por los bienes materiales o dinero, sin dar espacio a los valores del espíritu. Sino a la teoría filosófica que postula que la materia es lo único existente y la conciencia y el pensamiento son consecuencia de ésta, a partir de un estado altamente organizado. En castellano: que no existe nada más que materia, átomos.

¿Hecha la aclaración? Sigamos con la narración: en la charla yo lo apuraba para que fuera coherente y se admitiera materialista. ¿Qué hay de malo? Porque, a ver, si sos ateo, estás afirmando que no existe un Dios espiritual ni un alma espiritual; por lo tanto, entonces lo único-único que existe en el universo es la materia y fenómenos derivados de ésta. Por ejemplo, fenómenos como el pensamiento o la creatividad, serían manifestaciones de la materia. ¿Estoy equivocado? Y para una persona tan noble, el materialismo es una de las filosofías menos vivibles que existen. Como teoría, puede ser linda; el problema es vivir de acuerdo a ella de forma cabal. Porque cuando nos topamos con esa cosa llamada ser humano, el materialismo explota en una contradicción y nos pone en un aprieto terrible.

¿Por qué explota en una contradicción? porque elimina lo que llamamos humano. ¿Cómo? Reduciendo las características que nos hace humanos (el amor, la capacidad de razonar, la creatividad, el odio, etc) a solamente expresiones de la materia. Digo: para explicar algo “espiritual” o “superior” como el amor o la creatividad, necesita reducirlo a algo “inferior”, hasta llegar a su causa…

  • La espiritualidad se reduce a la psicología…

  • la psicología se reduce a la fisiología del sistema nervioso y endocrino…

  • y la fisiología se reduce a procesos químicos…

  • y, finalmente, la química se reduce a la física: átomos.

¡Materia!

Miren qué loco: desde esta teoría, lo que nos hace humanos no existiría como tal, solamente es un epifenómeno del escalón inferior, siendo el escalón más inferior ¡por fin! medible científicamente: materia.

En el caso de mi amigo, entonces, su alma sensible no existiría, es pura física. No sería buena ni mala persona, porque sería una máquina biológica funcionando y determinada a ser de tal o cual forma.


¿Por qué nos pone en un aprieto feo? Porque todo lo que llamamos humano, como las emociones, los sentimientos, la creatividad, el conocimiento, la ética, las virtudes, lealtades, todo eso intangible, no son cosas en sí ni independientes de la materia, sino que tienen su explicación final en procesos físicos y químicos (complejos y aún no descubiertos y explicados cabalmente, claro).


¿Grave? Ahora viene lo peor…

Si somos puramente materia pensante, “funcionando” y “produciendo” ideas, emociones y pensamientos, el materialismo nos lleva a un callejón sin salida: se acabó el libre albedrío. Pin páf. ¿Cómo ser libre si soy un ser determinado ciegamente por átomos, organizados en moléculas y genes, o por procesos químicos que me llevan a comportar de alguna forma u otra? En todo caso, soy un animal complejo, mis decisiones no son condicionadas, sino determinadas por la materia y todo lo que creemos espiritual o humano, no es más que un epifenómeno de… átomos andando de tal o cual forma que me hacen comportar de tal o cual manera. Una ilusión de libertad. Creemos que elegimos, y no. Creemos que somos humanos, y no. El libre albedrío es una derivación primordial de la acción humana puesto que si la libertad es una simple ilusión no habría actos humanos. Esto es, si afirmamos que existe solamente materia –y por lo tanto, el hombre es solamente materia– solamente ésta determinaría sus ideas y movimientos. En otros términos, no habría acción humana propiamente dicha sino meras reacciones, tal vez más complejas que lo que ocurre en otras especies, pero se trataría de una cuestión de grado y no de naturaleza. Parafaseando a C. S. Lewis (sí el mismo de las “Crónicas de Narnia”), esto significaría “la abolición del hombre”.


Si creemos que solamente somos materia, pues bueno, salgamos del clóset y admitamos que la libertad constituye una ilusión y que cualquier acto de virtud o maldad, es injuzgable, porque la persona no tiene libertad, y cualquier acto de brillantez o estupidez, tampoco es meritorio, porque está determinado. Alberto Benegas Lynch (h), en su ensayo “Una refutación al materialismo filosófico y al determinismo físico” cita al capo de Nathaniel Branden, que dice: “El determinismo [físico] declara que aquello que el hombre hace, lo tenía que hacer, aquello en lo que cree, tenía que creerlo, si centra su atención en algo, lo tenía que hacer, si evita la concentración, lo tenía que hacer […] no puede evitarlo. Pero si esto fuera cierto, ningún conocimiento –ningún conocimiento conceptual– resultaría posible para el hombre. Ninguna teoría podría reclamar mayor validez que otra, incluyendo la teoría del determinismo [físico…]. No pueden sostener que saben que su teoría es verdadera; sólo pueden declarar que se sienten imposibilitados de creer de otra manera […] son incapaces de juzgar sus propios juicios. […] Una mente que no es libre de verificar y validar su conclusiones, una mente cuyo juicio no es libre, no tiene modo de distinguir lo lógico de lo ilógico […] ni derecho a reclamar para sí conocimiento de ninguna especie. […] Una máquina no razona, hace lo que el programa le indica. […] Si se le introducen autocorrectores, hará lo que indiquen esos autocorrectores […] nada de lo que allí surja puede asimilarse a la objetividad o a la verdad, incluso de que el hombre es una máquina”.

Vamos con un ejemplo: si un león hambriento se come una cebrita recién nacida, ¿es moralmente malo y éticamente perverso? Obviamente diremos que no, tiene hambre, come carne, la cebra está hecha de carne, punto. Como no tiene libertad, sino instintos que lo gobiernan, solamente un idiota podría hacerle un juicio moral al león. Ahora, si un tipo viola a una mujer, ¿es malo? Seguramente diríamos que sí, haríamos un juicio moral al violador, porque al tener libertad, pudo haber elegido entre sus instintos y el respeto a esa mujer. Pero… si los dos son solamente materia, ¿cuál es la diferencia cualitativa entre un león y una persona? Para un materialista coherente, no la debería haber: los dos estamos hechos de átomos y nada más. En todo caso, habría una diferencia cuantitativa –la psique humana es más compleja que la del león– y listo. Discútanme esto, por favor. Isaiah Berlin, uno de los politicólogos e historiadores más grandes del siglo XX lo dice mejor que yo: “Nos escapamos a los dilemas morales negando su realidad […], reducimos la Historia a una especie de física y condenamos a Genghis Khan o Hitler de la misma manera que condenaríamos a una galaxia o a los rayos gamma”.

Si salimos del clóset, no podríamos juzgar como hachedepé a ningún hachedepé, ni como un santo a ningún santo…. porque no tendrían libertad –capacidad de distinguir y elegir entre el bien y el mal– sino que estarían determinados a ser así o asá. Como el león hambriento frente a la cebra.


Listo. Vamos cerrando la primer parte de este post. Resumamos que un ateo, si quiere ser coherente con su creencia de que no existe nada fuera de la materia, debería admitir una cosa y negar otra. ¿Admitir qué? Que el materialismo filosófico y el determinismo físico van de la mano. ¿Y negar qué? Que exista realmente algo llamado “libertad” y por lo tanto, tampoco actos humanos, o todo lo que nos hace humanos: el coraje, la bondad, la maldad, el amor, la perseverancia, la cobardía, la generosidad, la creatividad, la responsabilidad, la esperanza, etc. Nada de lo que nos define como humanos queda.

Debería admitir que no podríamos distinguir una decisión de un estornudo. O como dice Chesterton, que si el materialismo fuera correcto, ni siquiera tendría sentido agradecer a nuestro compañero de mesa cuando nos alcanza la mostaza, ya que estaría compelido a hacerlo. En el fondo, uno no elegiría nada, todo sería explicado por fenómenos materiales, fisicoquímicos, punto. San Martín no era valiente, solamente le sobraba testosterona. Teresa de Calcuta no era generosa, tenía demasiada oxitocina en la sangre. Bach o Einstein no tenían inspiración creativa, era que sus cerebros producían más serotonina que la media. Cuando amás a tus hijos o tu mujer no es amor, pasa que tu cerebro está produciendo endorfinas. Todo lo que nos caracteriza como humanos (pensar, crear, amar, elegir, ser libres), pues tiene una explicación solamente química, atómica… material.

¿Suena exagerado? Pues no crean. Es el pensamiento materialista llevado hasta la última consecuencia lógica de lo que postula. Y como decía al principio: el materialismo, además de ser un poquito estremecedor, es invivible, intragable, hablando en criollo. Suena canchero como teoría en un libro, pero no es humanamente vivible. Es una filosofía divorciada de la vida.


Los que sí salieron del clóset.

Hay que reconocer que hay gente –coherente, sí– que no tiene empacho en decir que el ser humano, como tal, no existe y sí, efectivamente, es una máquina biológica funcionando, no distinta en esencia a una ardilla, pero más compleja. Directamente afirman que la libertad, el amor, la esperanza, la creatividad y cualquier acto humano es inexistente, una ilusión.

¿Ejemplos? Empecemos con alguien bastante conocido, Freud, que dice que “es una ilusión tal cosa como la libertad psíquica […] Ya otra vez le dije que usted cultiva una fe profunda en que los sucesos psíquicos son indeterminados y en el libre albedrío, pero esto no es científico y debe ceder a la demanda del determinismo cuyas leyes gobiernan la vida de la mente”.

Otro, más alegórico, es Gilbert Ryle (filósofo de la escuela de Oxford) que niega la existencia de la mente –y obviamente del alma– con una bella y dura metáfora: the ghost in the machine. Lo mismo sostiene Edward O. Wilson (entomólogo y biólogo estadounidense) cuando dice que “la única salida es estudiar la naturaleza humana  como parte de las ciencias naturales”.

Claro, hasta ahora, estas personas sostienen esto sin una demostración acabada, asumiendo que algún día las ciencias positivas –como las neurociencias– avanzarán lo suficiente como para terminar probando sus preconceptos. Imagino yo que esperan el día en que la Física pueda demostrar que algo tan (digámosle así) “elevado” como componer una sinfonía, luchar por la justicia social, o escribir un libro, sea una consecuencia o manifestación de átomos y moléculas, o algo asociado a una necesidad fisiológica, como debería ser en el caso de que fuéramos solamente materia, máquinas biológicas, solamente, donde la relación mente-cerebro sea reducida a explicaciones organicistas. Supongo que estas personas, ante la imposibilidad de “encontrar” bajo el microscopio a un principio espiritual como el alma –que no se “encuentra” por método científico, claro está– se la pasan esperando que avance la ciencia para poder demostrar que sí, el hombre no es más que protoplasma y que finalmente, cualquier cosa que hagamos está determinada por la materia. Yo no creo que sea cuestión de de esperar el avance de la ciencia. Se trata de imposibilidades, del mismo modo que no es cuestión de esperar al avance de la ciencia para demostrar que la parte sea mayor que el todo.

¿Pero hay libre albedrío? ¿Somos más que materia? ¿Hay acción humana?

Volvamos a intentar ponernos de acuerdo (¡perdón si soy reiterativo!): el libre albedrío es una derivación primordial de la acción humana, porque si la libertad es una simple ilusión… pasemos a otro tema, muchachada: no habría actos humanos. Ya lo escribió brillantemente hace 2300 años, Epicuro, el viejo juguetón de palabras e ideas: “Quien diga que todas las cosas ocurren por necesidad no puede criticar al que diga que no todas las cosas ocurren por necesidad, ya que ha de admitir que la afirmación también ocurre por necesidad”. Y mucho más cerca en el tiempo, Popper razona que el determinismo físico se refuta a sí mismo porque “si nuestras opiniones son resultado distinto del  libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y de los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta. Así pues, un argumento que lleva a la conclusión de que nuestras opiniones no son algo a lo que llegamos nosotros por nuestra cuenta, se destruye a sí mismo”. Me hace acordar a la contradicción lógica en la que incurren los filósofos que afirman “No se puede conocer la verdad“; y uno les responde “¿Pero es verdad que no se puede conocer la verdad?“, porque si efectivamente no se puede conocer, entonces esa afirmación tampoco sería cierta.

Disculpas, casi me voy de tema. ¿Qué creo yo acerca del libre albedrío y que éste es una facultad del alma, independiente de la materia? Coincido con Max Planck (¡qué loco, no era un filósofo, sino un físico, padre de la Física Cuántica!) cuando hace este paralelismo: “Se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en las manos de una férrea ley de causalidad. […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza, como causa de movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta […] en el intercambio de motivos y conductas tenemos una cadena sin fin de acontecimientos que siguen uno a otro en la vida espiritual, y en esa cadena cada eslabón está ligado por una relación estrictamente causal no sólo con el eslabón precedente, sino también con el que le sigue […] Se presentan circunstancias en las cuales los motivos aparecen completamente independientes, no originados por una influencia anterior, de modo que la conducta a la cual esos motivos llevan será el primer eslabón de una nueva cadena. […]”.

Fin de la Filosofadas con Rubias.

Creo que pasaron solamente dos, pero daban para muchas más, porque las gargantas estaban secas de tanto hablar y –como imagino que ahora están pensando– el tema no se agota tan pronto. Les juro que la charla fue mucho más divertida que este post. No les puedo asegurar que mi amigo querido haya salido del clóset. Los buenos argumentadores –cosa que no soy– dejan al otro con la certeza de la idea que proponen. Los argumentadores medio pelo –entre los que me encuentro– quizá no lo logremos en el momento, pero en una de esas, logramos sembrar una duda. Y ya saben: una duda, en la mente de alguien inteligente, es tomada en serio y contrastada para ver si se sostiene. Quizá algún día él descubra que efectivamente tiene un alma creada, espiritual y libre, y justamente por eso es tan bueno, inteligente y creativo. No por sus átomos, nada más.

© JIR