EL HOMBRE QUE VIVíA CON MONSTRUOS Dic28

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EL HOMBRE QUE VIVíA CON MONSTRUOS

Toda la película es muda, no hay diálogos, todo es gestual y evidente por lo no verbal. Una música cálida le da clima a todo y nos hace emocionar.
Abre la imagen con el frente de una casa vieja, de Chacarita o algún barrio que haya tenido un pasado de lindas casas, ahora viejas. Sobreimprime el título “El hombre que vivía con monstruos”
ESCENA 1

Es el amanecer.Ya estamos dentro de la casa. Vemos varios planos de la luz del sol entrando en distintos ambientes, como despertando a la casa. Por todo lo que esa luz ilumina o sugiere, nos damos cuenta de que es una casa antigua, avejentada, vacía.

Estamos en la habitación de un viejito. Hay soledad. A él lo vemos en un plano bastante cerrado. Se está levantando. Se incorpora en la cama, se restriega los ojos, hace un movimiento con la espalda y baja de la cama.
Cuando está bajando, el plano se abre, pisa los listones de pinotea, y éstos crujen. Pero en realidad, vemos un monstruito (tiene el tamaño de un pequeño perro) que hace el ruido del crujido “cruc”, “cruc”.
El viejito empieza a caminar hacia el baño, y varios monstruitos similares van crujiendo como la pinotea.
Abre la puerta de la habitación –una puerta muy peculiar- y se escucha el rechinido (“iiiiiiiííí”) de los goznes viejos y sin aceite. Otra vez, quien hace el ruido es otro monstruo, más grande, que rodea toda la puerta, amigable, abrazable. Por la cara del viejito, parece que es EL monstruo que más satisfacción le da, el más entrañable. De hecho, entorna varias veces la puerta para escuchar los “iiiiiiiííí” y el monstruo los hace gustosamente, como modulándolos.
El viejito va por el pasillo que da a la puerta de calle y se suspira frente a una pequeña mesa, en donde mira con melancolía una foto de su esposa (por el gesto nos damos cuenta de que es viudo) y de su hijo de unos 40 años, efusivo con la torre Eiffel atrás (connotando que no vive ahí). En la mesa vemos un almanaque con la fecha de 11 de Julio. El viejito está solo en la casa, con un silencio y su soledad, poblada de ruidos del tiempo, que él ve como amigables seres que le hacen compañía.
Transcurre la escena viendo como pasa el día, mediante una secuencia de las cosas más cotidianas que va haciendo el viejito y obviamente vemos muchísimos otros seres multicolores, multiformes y amigables, que corresponden a los ruidos de las distintas cosas: el calefón que tose, la ducha que tarda antes de dar agua, el viejo horno que hace un ruido gutural, algún caño que deja de fluir y luego retoma, el piso, las sillas viejas que crujen, el sifón con su shhhhhh!, en el jardín, la canilla que gotea eternamente, la chapa que se pega contra la pared, las lajas flojas del caminito del pasto, el árbol jamás podado de ramas rebeldes. Todo hace ruido y todo tiene su monstruito que hace el ruido correspondiente. El viejito ve a todos los monstruos (por ej, si ellos están echados en el piso, cuando él pasa, se corren y lo acompañan) y se siente cómodo con ellos, aunque nunca interactúe.
Por la tarde, saca una silla a la vereda a ver el tiempo fluir. Pasan las personas y enfrente vemos a dos gemelos de unos 5 años, que juegan enérgica e inocentemente y sin querer, una pelota va a parar al frente de su casa. Los chicos se quedan impávidos, connotando que el viejito no es el vecino más amigable. El viejito mira la pelota con ojos reprobatorios y se las devuelve con mirada de reprensión. Los gemelos la recuperan y siguen jugando, pero algo intimidados.
El viejito entra a la casa, cuando la tarde empieza a morir.
Cena, lava su plato, la heladera vibra, se higieniza, se acuesta, prende su vieja lámpara de la mesita de luz, cuya lamparita hace varios intentos para encenderse, hojea un libro y se duerme. Todo lo que hizo, provocó un ruido (o sea, un monstruito lo hizo)
Afuera, una vieja claraboya se golpea suavemente con la brisa, y es como un monstruito que vela el sueño del viejo, toda la noche. Cuando el viejo duerme, los monstruitos también, como mascotas.

ESCENA 2

Es de día. Tocan el timbre de forma entusiasta. El viejito se levanta sobresaltado, los monstruitos lo miran, lo acompañan haciendo sus ruidos mientras va hacia el zaguán. Se pone la bata, se asoma a la puerta y ¡¡es su hijo!!
El hijo viene con una valija de aeropuerto, lo abraza feliz, de camino pasa por la mesa de pasillo, arranca la hoja de 11 de julio (queda 12 de julio), le pone un gorrito de cumpleaños, entran. El viejito está sorprendido, contento, pero a la vez medio incómodo porque le encanta estar solo. Los monstruos siguen haciendo sus ruiditos, etc pero el hijo no los ve, obviamente. La música va con el tono.
El hijo deja sus cosas, desempolva algo, espera que el papá se vista y cuando el viejito sale de la habitación, ve que en la cocina comedor el hijo puso globos, una guirnalda de FELIZ CUMPLEAÑOS y una hermosa torta con un regalo en la mesa. En la torta hay una vela 8 y una vela 5 (85).
El hijo le canta, feliz, el viejito sopla las velitas. El hijo le da un regalo, el viejito lo abre y ve que adentro está un pasaje al Caribe en una excursión para viejitos, maravillosa. El viejito no se alegra demasiado, es como que está aturdido por tanta vorágine, el hijo le muestra una maleta llena de ropa nueva (¡¡para él!!), le pone un sombrero Panamá de paja, anteojos de sol y lo acompaña hasta la puerta.
En la calle está una van de la empresa de turismo para llevarlo al aeropuerto, llena de viejitos felices. Se abrazan, el viejito se va sin entusiasmo, aturdido.
Cuando la camioneta arranca y dobla la esquina, el hijo mira a un camión como de mudanza, estacionado enfrente. Chifla y bajan un montón de operarios.
El hijo y los operarios dan vuelta la casa: arreglan todo, sacan cosas viejas, reemplazan algunos muebles, arreglan otros cambian los pisos, pintan, cambian, pulen, mejoran, ponen a nuevo todo. Sólo deja las fotos de su mamá y él.
Es el regalo para su papá: dejarle la casa a nuevo, para que viva feliz.

ESCENA 3

El viejito vuelve tostado, no muy contento sino aliviado, se nota que ansiaba volver a su casa.
El hijo lo recibe feliz, le muestra toda la casa, emocionado, ambiente por ambiente, artefacto por artefacto, realmente la casa está hermosa. El viejito busca y no ve a los monstruitos, cosa que lo angustia. Está aturdido entre la vorágine entusiasta del hijo y se deja llevar en sus brazos, casi siendo empujado.
Terminan el día, el hijo abraza al papá, toma sus valijas, se vuelve a Francia.
El viejito se queda completamente solo. El silencio es inhumano. Camina y falta el monstruito que crujía con la pinotea. En lugar de la vieja canilla ruidosa que tiraba agua a borbotones ahora hay una modernísima que tira un chorro milimétrico y perfecto. Y así vamos viendo todos los elementos que antes habíamos visto hacer ruido y ahora son nuevísimos, perfectos y silenciosos. El viejito siente una creciente desesperación mientras busca a sus monstruos y en lugar de ellos, hay otra cosa. Se va dando cuenta de que está solo, que ningún monstruito lo acompaña con sus ruidos familiares.
Con temor, previendo lo peor, el viejito va hacia SU puerta de la habitación (la que crujía “iiiiiiiííí” cada mañana) y… ¡nada! Cero ruido. Aceitada. Horror.
Se sienta en su cama, esperando oír los resortes cansados, pero tampoco, hasta el colchón cambió. Toma su rostro con las manos y baja la cabeza, abatido. Acaba de quedarse solo para siempre.
Funde a negro. Se corta la música a silencio absoluto.

ESCENA 4

Es la mañana. El viejito abre los ojos tristes, sin ganas de vivir ni de levantarse. Finalmente lo hace y camina tristemente. Nada en la casa hace ruido. Vemos que hace la misma rutina de siempre (un paralelismo con la ESCENA 1) pero todo es mudo. No hay monstruos.
Por la tarde, sale a la calle a ver la gente pasar. Los gemelos juegan a la pelota, mirándolo de reojo con cierta aprensión.
Vemos un “acelere del tiempo”, mostrado rápidamente con el cambio de estaciones en el árbol del jardín (caen las hojas, etc), como comprimiendo muchos días en uno, mostrando monotonía y tedio.
Cierra la escena viendo al viejito que se va a dormir.

ESCENA 5

Es de día. Se escucha un crujido de vidrios rotos. Arranca la música. El viejito se levanta sobresaltado, camina rápidamente hacia la puerta y ve que un pelotazo rompió el cristal de la misma. La abre enojado y están los dos gemelos en la vereda, con cara de susto y súplica para pedir por la pelota. Los acompaña su mamá, acongojada.
El viejito está a punto de entrar en un ataque de ira, pero mira la foto de su esposa en la mesita y se contiene. Devuelve la pelota con un fastidio bastante mal disimulado pero con gesto de “está bien, fue un accidente, vayan, vayan”. Los nenes no lo pueden creer y cruzan la calle antes de que se arrepienta.
Por la tarde, el viejito está en la vereda. Los nenes juegan y lo saludan tímidamente. El les devuelve el saludo, medio seco. Le tiran la pelota, él se las devuelve, menos seco.
Vemos que el tiempo se acelera con una sucesión de imágenes en donde, progresivamente, vemos el paso de las estaciones y que el viejito empieza a ser más amigo de los gemelos y éstos terminan jugando en su casa como nietitos. Termina la sucesión de imágenes con una toma estática del viejito con los nenes, todos felices.

ESCENA 6

Tocan el timbre, vemos que se abre la puerta, están los gemelos con su mamá, y le dan una invitación de cumpleaños. El viejito la mira, ve la fecha ¡y es el 12 de julio, igual que él!
Por gestos, vemos que el viejito invita a los niños y a su mamá a festejarlo en su casa, ofreciéndola porque la casa de los niños es pequeña. La mamá se niega, pero los niños insisten y al final acepta.
Es el día del cumpleaños. La casa está llena de globos y guirnaldas. Entra una horda de niños revoltosos. El viejito sonríe algo asustado: con el gesto connota cierta intranquilidad por haber sido tan generoso y arriesgarse a que le rompan todo. Sin embargo, mira la foto de su esposa y levanta los hombros resignado y aceptando.
Vemos tomas de hordas de niños jugando con todo y en todos lados, saltando en la cama, abriendo y cerrando puertas, corriendo de aquí para allá. En una de las tomas vemos a dos racimos de niños agarrados a los picaportes de cada lado de la puerta de la habitación (la que hacía “iiiiiiiííí”) y bamboleándose brutamente de un lado a otro, como si fuera una especie de columpio. Los echan, pero cada dos por tres, reinciden. Parece ser el juego más divertido de todos.
Vemos una foto estática del viejito y los niños soplando las velas.
Por corte, vemos el final de fiesta: vemos que los gemelos están dormidos en brazos de sus padres y al viejito despidiéndolos, echándolos amablemente de su casa, negándose a que la mamá lo ayude a ordenar. Cuando cierra la puerta, mira con satisfacción la foto de su mujer, vemos un paneo del interior la casa: quedó totalmente apaleada, desordenada, algo maltratada y vacía. La música vuelve a apagarse, toda la casa vuelve al silencio.
El viejito está agotado pero radiante, levemente melancólico por la repentina soledad y el mutismo que queda en la casa.
Mientras bosteza, camina por el pasillo, desabrochándose la camisa en claro gesto de ir a dormir. Cuando llega a su habitación, ve la puerta entornada. En un primer plano, vemos que toma el picaporte para abrirla…
…por corte, vemos el frente de la casa, y escuchamos el “iiiiiiiííí” y un “cruc” del parqué y una onomatopeya de sorpresa del viejito.

FIN

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© JIR