Tierra de egos Dic23

Tags

Related Posts

Share This

Tierra de egos

Hay tres jardines concéntricos y desmesurados.

Primer jardín.

En el momento en que las autoestimas se hipertrofian y se convierten en egos, ingresan a este parque para que deambulen. Vanidades, orgullos y soberbias pasean bañadas por una luz siempre crepuscular, que borronea las formas y las distancias.
No vayamos a creer que el jardín tiene algo dejado al azar: en el trazado figuradamente caótico de senderos y arroyos, hay un diseño evidente para suscitar espacios y sectores con el fin de que los egos puedan andar a gusto y encontrarse lo menos posible. ¡Imagínense! Millones de egos de todos los tamaños, paseando al mismo tiempo, qué peligro. Hay que ir con muchísimo cuidado, porque los más grandes suelen ser los más sensibles. Por ejemplo, si un eguito llegara a tropezar con un egazo, saldrían chispas de todos los colores y los creadores del jardín se verían acosados durante años por cartas documentos, libros de queja y telegramas.
Esa ofensa sería intolerable. De hecho, nunca sucedió, gracias a que los paisajistas aplicaron todos los recursos de su arte para minimizar los riesgos. Los senderos crean infinitos jardines menores, hay estanques de carpas, glorietas y bancos apartados, esculturas con musgos y sectores brumosos, donde las figuras se desdibujan y se rehuyen.
Si a algún ego le apetece el agua, puede cruzar un arroyo por alguno de los miles de puentecitos de ligustrinas que dan privacidad, o navegarlo en alguna góndola con fanales naranjas. Hay islas pequeñas, luciérnagas para distraer y canteros para contemplar.
Tan bien pensado está el jardín, que cada ego siente que está solo. Tan bien pensado está, que a cualquier desprevenido le daría la sensación de que, fuera del parque, no hubiera mundo. Pero es una percepción nomás, porque el lugar es, precisamente, el ombligo del mundo. Y cada ego cree estar parado exactamente en él. Verlos da conmiseración, ya que en el parque no hay apariencias, sino desnudeces. Los egos se ven desvestidos, no encubiertos en cuerpos humanos. Se sabe que son autoestimas que dejaron de ser sanas, se desfiguraron, le crecieron tumores y ahora son lo que son. Algunas se convirtieron en soberbias, otras, en orgullos, y otras en vanidades.
Distinguir las distintas razas no es tan difícil; empecemos por las soberbias, las más adustas y deformes. De colores cetrinos y poco estéticas, recuerdan a escuerzos. Uno las ve y siente que bajo su piel hay movimientos subterráneos, internos, de una glotonería insaciable. ¿Pero cómo una autoestima tan bella puede llenarse de abscesos y convertirse en una soberbia? Casi siempre, el germen se inicia en una objetiva superioridad que tienen algunas personas en algún campo del saber o el hacer, y al tomar conciencia de ella, sin darse cuenta, comienzan a idolatrarla, a sentir hambre desordenada de la propia valía. No nos equivoquemos: rara vez los egos nacen de la nada; la generalidad es que nacen de una virtud o capacidad real, y lastimosamente se deforman. Cuando caminan, las rodea una atmósfera de petulancia y grandiosidad que intimida un poco. Van infladas, globosas, con dimensiones desproporcionadas a sus talentos verdaderos. Como las soberbias se gozan en la autocontemplación, suelen ser retraídas, caminan calladas, distantes. Los raros casos en que abren la boca, sirven para distinguir a las soberbias arrogantes de las insolentes. A las primeras les gusta el boato, la admiración, escucharse a sí mismas. Hablan como dando cátedra, aunque sea sobre una pavada. Cualquier tema es una veta óptima por la que aflora la suficiencia, y a veces, el tono de superioridad despectivo o humillante. Si se las contradice, se alejan ofendidas, considerando despreciable a quien disienta o critique, aún con fundamento. Su humor es la ironía. En cambio, las insolentes son muy susceptibles, hierven con cinismo ante la mínima corrección u opinión diferente. Contestan engreídas, hirientes, prefieren luchar hasta anonadar al rival con furia desproporcionada a la afrenta. Su humor es el sarcasmo. Y si la lucha termina -cosa rara, porque las soberbias insolentes perseveran, no perdonan, viven lidiando- quedan resentidas por siglos, más allá del resultado.
Todas las soberbias están encandiladas consigo mismas. Como los insectos con la luz, ellas son su propia luz. No perciben bien, borrachas de sí, ciegas a los propios defectos y sintiéndose indefectiblemente superiores, concediéndose más méritos de los que realmente tienen, con la necesidad cada vez más ávida de alimentar ese amor propio que se desmesuró.

En cambio, los orgullos son diferentes… aunque no tanto.  Son más emocionales que las soberbias y al contrario que éstas, pueden ser bastante atractivos y agradables de tratar. Los orgullos son autoestimas que también se dilataron a partir de méritos, logros o talentos y se deformaron hasta dejar de ser sanos, para ser famélicos. O bien, son autoestimas muy heridas de niñas, y luego de cicatrizar, quedan hipersensibles ante la mínima ofensa, verdadera o imaginaria. Respecto a los primeros, hay varios tipos, algunos sin y otros con merecimientos. Un ejemplo de los ellos sería el orgullo -tan normal- que brota de tener hijos lindos o inteligentes. A pesar de no tener mérito alguno en que un hijo nazca así o asá, el ego se infla y no se deja pasar la ocasión de traer el tema a colación, lo cual implica necesariamente compararse con los demás, con actitud victoriosa, claro. Es decir, un orgullo sano puede ser el natural orgullo de tener hijos inteligentes, pero admite que otros también los tengan, inclusive más; en cambio, el orgullo enfermo, sufre por una situación así. Y respecto a los orgullos por mérito, un ejemplo sería el que brota de acciones nobles, virtuosas, pero que se cuentan y ventilan a todo el mundo, desluciendo la belleza de la discreción que adorna a las buenas obras.
Los orgullos, como las soberbias, necesitan alimentarse a diario de la admiración y pleitesía de otros, para no perecer de hambre. Viven comparándose, viendo si sus casas son más lindas que las de los demás, si su nivel profesional es reconocido o si alguien es más virtuoso o bueno que ellos. Si las soberbias nunca se eclipsan, porque se alejan de su oponente o lo destruyen, los orgullos sí temen a que alguien los opaque con méritos mayores.  Si las soberbias se enojan, los orgullos se duelen. Por eso no es raro que sean desdeñosos o altaneros cuando ven a alguien que le hace sombra en su campo de excelencia, o que permanezcan ofendidos durante años por realidades o ficciones. Pareciera que no pudieran ser felices con el mérito en sí, sino con la admiración que ese mérito suscita en los demás. Por eso, los orgullos son muy comunicativos, están siempre atentos a situaciones en donde puedan meter bocadillo y derivar la atención a su ámbito de virtud; inclusive, siendo serviciales o haciendo grandes esfuerzos, para ser reconocidos… y sentirse más orgullosos, o más resentidos, en el caso de los cicatrizados.

Y la última raza es la de las vanidades, tan fosforescentes, centrífugas, dicharacheras. Caen simpáticas, les gusta figurar, tomar la palabra. A diferencia de las soberbias, que se sienten superiores por sí, o de los orgullos, que se sienten así por lo que hacen, las vanidades se alimentan de lo que muestran, aunque estén vacías. Por eso, son bellas y ruidosas, talentosas en algunos aspectos muy visibles, aunque inseguras en el fondo. No pueden sentirse felices con sus atributos y bondades objetivas, necesitan del elogio, de ser miradas y escuchadas, del reconocimiento explícito. Las soberbias no: el elogio puede estar o no, pueden prescindir de él para sentirse superiores. Los orgullos generan sus propios elogios, contando lo que los hace estar tan orgullosos. Pero las vanidades -cascabeleras- son como divas necesitadas de público, que sin halago o adulación, se marchitan. Suelen ser huecas, livianitas, y cualquiera es capaz de contristarlas o alegrarlas con la misma facilidad. Bastan una indiferencia o un aplauso para lograrlo.

 

¿Los egos se mezclan? ¡Claro que sí! El jardín está lleno de mestizos. Casi no hay egos puros, generalmente van amalgamados y potenciados en sus miserias: soberbias vanidosas, orgullos soberbios, vanidades orgullosas, y combinaciones y mutaciones de dos o más razas. Así pasean, multicolores y variadísimos. Pero lo que apena no es que sean grotescos y feos, sino que cada ego, grande o pequeño, arrastra tras de sí tres calvarios: un miedo, una tristeza y un recelo, proporcionales a su tamaño. Miedo a no recibir su ración de adoración, tristeza por ser conscientes de que siempre habrá alguien más virtuoso o mejor, recelo del hipotético otro que se acerque y pueda eclipsarlo. Como vemos, es un jardín armonioso, pero lleno de desvelos. Porque -a no dudarlo- los egos son tristes como todos los tiranos. ¿A quiénes tiranizan? A las personas. A ustedes, que leen esto, a mí, que lo escribo. A todos los seres humanos, que no somos dueños de nuestros egos, sino que ellos son dueños nuestros. ¡Y qué dueños! Caprichosos, siempre hambrientos, manipuladores o directamente violentos, si no se les alimenta. Hacen que hagamos estupideces, tales como irnos a las manos, conquistar imperios, trampear, mentir y otras cosas inimaginables, con tal de seguir nutriéndose. Cuando un ego -sea cual fuere- crece tanto hasta enseñorearse sobre todas las facultades del corazón y la mente, la pobre persona es el más triste de los esclavos, porque lleva al amo insaciable dentro suyo. Así las cosas, los egos no conceden reposo ni remansos. Será esa la causa de que sea tan feo contemplarlos tal como son, en toda su cruel monstruosidad, sufriendo y haciendo sufrir.
Si ese jardín fuera el único que existiera, el desánimo me haría abandonar este relato. Pero así como siempre hay redención aún en los vicios más desagradables, alrededor de los jardines más tristes, siempre hay jardines mejores.

 

Segundo jardín.

Un anillo colosal, este parque, rodea al anterior. A simple vista, es horrible. Pinchudo, lleno de cactos e inhóspito. Es el jardín de los fracasos y es inexorable. Al contrario del primero, la luz brilla con claridad impiadosa, como en los desiertos, y lo que ven los ojos, espanta: millones de egos gimiendo, que renquean amputados, y muchos más millones ya finados, mutilados y secándose al sol. Es que los egos, aunque quisieran, no pueden vivir siempre en el ombligo del mundo; tarde o temprano, una o muchas veces, salen e ingresan en este parque. Y así les va.
Los fracasos, al igual que los egos, tienen infinitas razas, tamaños y formas. Los hay pequeños, con pelos urticantes, otros más violentos y con púas que laceran al menor roce, otros chatos, como ortigas, otros amargos, pegajosos y malolientes. Y está, claro, el fracaso máximo, la muerte. Porque hay egos tan enfermos que parecen inmunes ante la realidad, pero no hay egos inmunes ante la muerte. Frente a ella, saben que se extinguen irremediablemente, que todas sus hinchazones desaparecen y dan lugar a la dura objetividad, tan raquítica en comparación a sus turgencias.
Los fracasos son tomas de conciencia de las propias limitaciones. Despiertan a los egos que están en una especie de sopor irreal y provocan espanto no por el fracaso en sí, tan humano, sino porque los egos se creen infalibles. Se aterran por idiotas. Tienen pavura a la pedagogía del error y a las leyes de la vida. Por ejemplo, las vanidades, tan hermosas, se espantan con el fracaso-paso-del-tiempo, que las afea y les quita cualidades. Los orgullos huyen -inútilmente- de los fracasos-de-las-comparaciones, que los desluce y ridiculiza. Pero las soberbias -por ser la raza más enferma- son las que más sufren, cuando el fracaso las punza con la conciencia de no ser perfectas, ni inmortales, ni sublimes. Ahí las lastima en donde más duele: todas enteras. El “adórenme” deja de ser un imperativo y pasa a ser una súplica. El querer y no poder las cuece en suplicios y rencores indescriptibles.
Jamás hubo ego que lograra preservarse de este jardín. Hasta los más persistentes, al final, chocaron con objetividad o la muerte, que los puso en la escala correcta.
No hay dolor más hiriente para un ego que la verdad. La realidad los humilla y mutila, al mismo tiempo que los cauteriza y los sana. Porque de esa carnicería horrible de ver del jardín de los fracasos, nacen las humildades. Todo dolor, en este parque, es dolor de parto.

 

Tercer jardín.

Llegando a la periferia, está el último de los jardines, otro anillo más vasto todavía. Los egos muertos salen renacidos, convertidos en autoestimas sanas y libres, y por lo tanto, felices. La luz es diáfana y no hay recovecos artificiosos, al contrario: es una pampa inmensa y horizontal recorrida por aire transparente. Es el jardín de las humildades. Estas son autoestimas resplandecientes y conscientes de su real capacidad. A diferencia de los egos, las humildades son bellas, potentes, muy distintas a cositas apocadas y tímidas, como se las suele calumniar. Las autoestimas humildes ingresan al tercer jardín después de haber sido purificadas por los fracasos, que quemaron todas sus pústulas y pincharon las tumefacciones que las desfiguraban.
En este lugar no hay riña entre la percepción y la realidad. Las humildades son lúcidas, están en la verdad: son conscientes de sus virtudes, bellezas o talentos, pero tienen la inteligencia para discriminar qué es dado y qué es logrado. Por ejemplo, un genio, probablemente, tenga una gran carga genética y de estímulo en su infancia que lo hayan predispuesto a explotar sus potencias. O bien, excelentes mentores, o una personalidad tozuda ante las intemperies. Y como consecuencia, termina siendo alguien brillante. Sin embargo, si es lúcido, sabe distinguir y ubicarse, agradeciendo lo que le fue dado y compartiendo lo que fue logrado. Las humildades no niegan lo que son, solamente no lo deforman, sea en poco o en mucho. Así van por el mundo, seguras de sí, ni atrofiadas en complejos, ni hipertrofiadas en egos. Sienten hambre, sí, pero de mejora, no de adoración.
En la inmensa pradera se puede ver que las autoestimas y las humildades no sólo no están enemistadas, sino que se necesitan. Porque, ¿qué son las autoestimas? Nada más que un sano amor por uno mismo. Siempre están alegres porque saben claramente que una persona es un ramillete de talentos y carencias, trigo y cizaña. Y se aceptan así: la aceptación es el final feliz del paso por el jardín de los fracasos. Como se aman bien, reconocen sus virtudes -en su justo término, si no serían egos- y buscan mejorar sus imperfecciones, exigiéndose con misericordia y hasta pidiendo ayuda. No se hunden en los defectos ni se exaltan en los logros. Y lo más agradable de todo es que tienen las pupilas sanas, porque pueden ver lo bueno de los demás, con mirada pura.
Si la mirada del ego era la envidia, la de la humildad es la emulación. El ego sufría porque otro era mejor; la humildad no sólo se alegra, sino que busca imitarlo, para mejorar. El ego se deleitaba en el descalabro ajeno, la humildad se compadece y busca ayudarlo.
Antes de ingresar al jardín de los fracasos, los egos tenían pavura a sus tormentos; pero cuando finalmente arriban al tercer jardín, revividos en humildades, los agradecen bailando y cantando. Cuando eran egos no tenían paz; su aparente alegría era relativa, porque dependía de cosas externas y de un lente de aumento que falseaba la realidad. Ahora que son humildades, son felices porque su seguridad nace del interior y está sólidamente basada en lo que son, grandísimas o modestas, pero genuinas. En su época de egos vivían traumatizados, tensos, a la defensiva. Ahora que son humildades, van radiantes, seguras, viendo y elogiando las virtudes de otros y siendo benevolentes con sus defectos. El humor de las humildades es el júbilo, la inocencia. Por eso, es común ver grupitos de ellas, llorando de la risa, recordando lo ridículamente feas y jactanciosas que se veían cuando eran egos. Llegan a retorcerse de las carcajadas, como si estuvieran evocando un peinado o disfraz irrisorios. Quizá ésa sea la causa por la que en estas praderas hay alegría real, profunda, sin el terror a la hambruna, ni las ridículas petulancias del primer jardín. Jamás se ven bravatas provenir de las humildades o las autoestimas. Si son altas, no son altaneras, si son bajas, no son rastreras. Y eso las hace tan agradables de ver y de tratar; dan ganas de acompañarlas siempre.

Los límites de este jardín no son bien claros. Quizá no los tenga y por más que uno lo recorra toda la vida, nunca llegue a la frontera. Por eso, muchos todavía discuten el verdadero nombre del lugar: si llamarlo jardín de las humildades o jardín de la libertad. Yo creo que una cosa no quita la otra, porque cualquiera de las dos define a la patria de los felices.

 

© JIR