Muchísi McGracias Dic14

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Muchísi McGracias

Local de Alto Palermo, llega la señora, la cara desencajada; la hija de la mano, los ojos llorosos. La atiende el gerente, Pancho.

_ ¡¡Se me perdió un aparato de ortodoncia de 1500 pesos!!

_ ¿Dónde lo dejó?

_ En la bandeja, la nena lo envolvió en una servilleta, se fue al pelotero y se la tiraron. Cuando volvimos ya no estaba y nos fuimos sin darnos cuenta.

_ ¿A qué hora vino a comer, así revisamos los tachos?

_ Al mediodía, no sé.

_ Señora, son las 6 de la tarde.

_ ¡¡Ustedes me tiraron el aparato, búsquenmelo!!


Las hamburguesas pagaron mi carrera universitaria y no me avergüenzo para nada, al contrario. Todo comenzó cuando decidí estudiar Publicidad en la Universidad del Salvador, privada y con una cuota interesante. Siendo yo el primero de 8 hermanos, mi viejo me palmeó la espalda y soltó “hijo mío, te la pagás vos”.

Bien, qué cuestión. Cursaba a la mañana y no había horarios part-time de ningún trabajo decente. Un día me enteré de que en Flores estaban abriendo el quinto McDonald´s de Argentina y me postulé, casi a final de la búsqueda. Como todos los turnos estaban cubiertos, me tomaron para el cierre, o sea, la noche. No tenía otra opción y acepté. Tuvimos un mes de entrenamiento, haciendo hamburguesas de madera y papas fritas de plástico, aprendiendo los movimientos, procesos, léxico y técnicas. Era muy pero muy divertido, además, éramos todos muy chicos, sentíamos que era la continuación del secundario. Imaginen 150 chicos y chicas, sabiamente motivados por una multinacional experta en el asunto… eso no era un trabajo, era una fiesta.


_ Bueno, espere que voy a llamar a alguien para que se los encuentre… ¡Juani! Vení, por favor.

_ ¿Sí?

_ Mirá, a la señora le tiraron los aparatos al mediodía y hay que ir a la compactadora de basura a revisar todas las bolsas, y encontrarlos.

_ ¿Revisar a mano todas las bolsas? Deben haber como 20 ó 30.

_ Bueno, habrá que revisarlas…


El día anterior a la apertura del local de Flores, ya suficientemente entrenados con las hamburguesas de mentira, nos llevaron al local de Florida, para hacer hamburguesas de verdad.

Fiché a las 19 horas, con los otros pibes del turno noche. Nunca me voy a olvidar los nervios, emoción, olores y hasta la temperatura del lugar. Arranqué condimentando Big Macs, luego tostando los panes y luego, me mandaron a un lugar descrito así: “donde no vas a tener que correr mucho”. Qué misterio. Quedaba en un subsuelo, así que me dirigí al mencionado sitio y fui recibido por un chico con toda la cara llena de acné y el uniforme desaliñado. Con una gran palmada y una sonrisota me dijo “¡Bienvenido a la compactadora! Este lugar es buenísimo, porque los gerentes casi no bajan. Y además, no tenés que correr ni usar gorrito, y el laburo es fácil: agarrás las bolsas de basura que tiran de arriba, las metés en la máquina, que las compacta en bolsas más chicas, las sacás y las amontonás. Cuando se cierra el local, se las saca a la calle con la cinta transportadora. Y después, tranqui, hay que limpiar y desinfectar todo. Ah, sacate las zapatillas chetitas y ponete esas botas y esos guantes”.


_ Pero Pancho, ¿podemos hablar en privado? (A ver si entiendo: ¿se pretende que busquemos un aparito bucal que mide 8 centímetros, encima envuelto en una servilleta, y encima, si se salió, transparente, entre 20 bolsas de medio metro cúbico llenas de basura?)

_ Sí, dale, metele.

_ A ver, si yo le digo a un chico que haga eso, me saca volando, con justa causa.

_ Bueno, por eso te lo digo a vos…


Primer día de tabajo, primer experiencia con la compactadora, cero trauma, para ser francos. Al contrario, lo tomé como un desafío y nada humillante, por cierto. ¿En qué otro lugar iba a aprender a compactar basura?. Era un trabajo piola y quería hacerlo bien, para que luego me devolvieran a la cocina, donde me habían entrenado. De hecho, al final de esa primer noche, la compactadora quedó realmente limpia y el gerente me felicitó. A los pocos días, alguien decidió que sería más útil en la cocina y ahí regresé, lo cual me alegró mucho, porque yo prefería correr, en serio.


_ Señora, este es Juani, el encargado de marketing del local, le va a buscar el aparato de su nena. Mientras tanto, a modo de disculpas por haberlo tirado, la invitamos con un refresco, porque esto puede tardar un rato largo, hay muchas bolsas.

_ Perfecto, espero que lo encuentren…


Y ya en el local de Flores, la pasé bárbaro. Trabajé como loco, no sólo cocinando todos y cada uno de los productos que se vendían, sino limpiando baños, barriendo, lampaceando, atendiendo las cajas, animando cumpleaños, supervisando y entrenando. Sin mencionar el grupete increíble de amigos que se fue haciendo, con quienes no podíamos parar de reír y disfrutar el tiempo dentro y fuera del laburo. Amigos con los que hoy, mil siglos después, nos seguimos viendo con mucha frecuencia. Pero más que el qué -las hamburguesas- lo que más nos hacía madurar, era el cómo -los procedimientos y excelencia-. Creo que McDonald´s me enseñó más que toda la universidad, en aspectos del día a día, de la actitud de servicio, la responsabilidad, atención a los detalles, toma de decisiones bajo presión, cultura del esfuerzo y el reconocimiento y mil cosas que ninguna universidad te puede dar más que en teoría. Mi viejo no lo podía entender, él pensaba que estaba perdiendo el tiempo, pero yo insistía en que estaba capitalizando enseñanzas de vida, que me acompañarían siempre, y así fue. En esa época, McDonald´s era una empresa pequeña; como dije, Flores era nada más que el local número cinco. Veíamos con frecuencia a Woods Staton, el dueño y CEO, que conocía por nuestro nombre a varios de nosotros. Cierta vez, siendo yo un empleadito común de un local, le escribí una carta, solicitándole si podía ir a dar una charla a la universidad, sobre el caso McDonald´s, y hablar sobre la filosofía de trabajo, marketing y demás temas que en ese momento eran tan innovadores. ¿Si la leyó y se dignó a responderme? ¡Sí! Y en cuanto tuve su respuesta afirmativa, corrí a coordinar con la Decana, para definir la fecha y hora de la charla. Y el tipo fue, dio una conferencia interesantísima y me agradeció el gesto. Esas eran cosas que sucedían a diario, demostrando que los grosos también podían estar en cosas pequeñas, y que las iniciativas eran bien valoradas. Al fin del primer año de trabajo en Flores, me nombraron empleado del año. Pah. Sé que para alguien que no trabajó en un sistema como ese, el término puede sonar ridículo, pero a esa edad, para mí, fue como si me hubieran dado el Premio Nobel. Significaba que todos los gerentes del local habían decidido que era la persona más comprometida y laburante. Lo que más me puso feliz fue que mis compañeros se alegraron más que yo. De verdad, fue muy lindo, me dio mucha seguridad y pedí pasarme a marketing, algo más relacionado con lo que estudiaba.


_ ¿Y, cómo venimos?

_ Ni noticias. Ya llevo revisadas la mitad y no aparecen. Encima, no puedo deducir de qué horas son las bolsas, porque están todas mezcladas. Y sinceramente me estoy descomponiendo de revolver la basura con la mano.

_ Tenés guantes, che.

_ Sí, pero igual, vivo.

_ Dale, metéle.

_ Sí, obvio, lo vamos a encontrar…


Ya en marketing, aprendí muchas más cosas del negocio, ventas, promociones, decoración de punto de venta, producto, publicidad, campañas, psicología del cliente, servicio, liderazgo. A gerenciar, en el sentido amplio de la palabra. Cosas que hubieran tomado al menos 5 años en cualquier otro lugar, con el sistema de entrenamiento de McDonald´s, las internalizabas en meses o semanas. Te daban la responsabilidad y las herramientas para que la pudieras cumplir, algo buenísimo. Aunque quizá una de las cosas que más me formaron, fue la cultura de que no había trabajos indignos, y que los grandes (por ejemplo, el mismo dueño de la compañía) también estaban en lo chico. El gerente de mi primer local, Alejandro Yapur, tenía 21 años y su energía estaba a la par de la nuestra. La cultura se hacía con el ejemplo, con gestos cotidianos, no con “misiones y visiones” colgados en la sala de reuniones. Ese tipo de cultura viva provocaba un efecto contagio y no se te caía el diploma de pared por limpiar una gaseosa derramada o juntar un papel del piso, sin importar el cargo que tuvieras. Por eso, ya siendo supervisor de marketing, a punto de recibirme en la universidad y entrenado para cosas más “importantes”, no me sentía (tan) mal por el hecho de estar revolviendo basura…


_ ¡¡Los encontré!!

_ ¿Dónde estaban?

_ En la anteúltima bolsa, envueltos en una servilleta, efectivamente.

_ Buenísimo, ahora vamos a desinfectarlos.

_ Man, ya los desinfecté, fue lo primero que hice.

_ Genial, démoselos a la mujer, que está muy ansiosa.

(…)

_ Señora, acá encontramos los aparatos de su hija.

_ Muy bien, no podía esperar más, estoy apuradísima.

_ Los encontró él, los buscó en las bolsas…


La señora ya se estaba yendo, no dejó a que Pancho terminara la frase, ni dio el mínimo indicio de agradecimiento. Se iba volando, con la hija de la mano, retándola. Todavía me acuerdo su cara, los gestos altaneros, tan característicos de esas personas que piensan que el cliente tiene la razón a toda costa, que los demás son sus lacayos y nunca tiene que agradecer el esfuerzo extra. Casi siempre, los clientes agradecían el esfuerzo, lo cual te alegraba el corazón. Pero ella se fue, nomás.


_ Bueno, Juani, “te ganaste un postre“, je je.

_ Gracias, Pancho, hoy paso.

 

Transcurrieron unos meses más y tras casi 5 años después de haber entrado a Mc, me fui de Mc. Pasé a un banco, del que huí a los 9 meses, porque era tan burocrático e ineficaz, que marchitó toda gana de permanecer ahí dentro. Descubrí que muchas veces, las empresas muy grandes están llenas de personas sin vocación, que se perpetúan porque cobran un sueldo, pero haciendo algo que no las llena, ni estimula, ni alienta. Viven infelices y desmotivadas, si pueden zafar o vegetar, lo hacen. No, muchas gracias. De ahí, me asocié con Fabi del Rio para saltar a la intemperie con la fundación de la agencia que hoy nos da de comer.

Como todo lo que acontece en la vida, esa señora ingrata también dejó su enseñanza, al igual que aquellos de quienes aprendí. Por eso escribí este post, para reconocer a todos los que me dieron tanto. Muchísi McGracias, de corazón.

© JIR