San Che Dic14

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San Che

Hace mil años, se me dio por escribir un textito luego de haber escuchado a un intelectual (no uso comillas porque el tipo es leído, aunque yo piense que yerra) parangonando a San Martín con el Che Guevara, como seres prácticamente idénticos llamados a un destino común de liberación latinoamericana. Sé que el mencionado textito anduvo recorriendo la web, fue copiado en blogs y despertó algo de polémica. Si es para pensar, bienvenida. La génesis de la obrita nació porque el mencionado historiador, “demostraba” que ambos mataron por causas nobles y que ni el primero era un héroe inmaculado ni el segundo un forajido desalmado, sino dos almas gemelas, hermanadas por la vocación de la libertad. Es más, la tesis cerraba concluyendo que el rosarino fue el natural continuador de la obra del misionero.

Creo que un ejercicio de identificación forzada entre personajes tan lejanos, es un poco pueril. En el caso de éstos, en primer lugar, porque a ambas figuras las separan 150 años de Historia, mundos diferentes y situaciones geopolíticas que ni se pueden comparar, casi como cotejar a Alejandro Magno con Bush. Y por seguir, si hacemos el simulacro de equiparación, creo que ambos son efectivamente diferentes, por estos aspectos que paso a compartir:

  1. Los fines.
  2. Los medios.
  3. Los resultados.

Empecemos con los fines: San Martín quería liberar a los pueblos del Imperio Español y dejarlos que ellos eligieran su propia forma de gobierno. No buscaba eliminar un sistema político para imponer otro, o un modelo de Estado atado a tal o cual ideología. Por su parte, el Che quería liberarlos del imperialismo capitalista… para imponerles el socialismo como sistema político inapelable. De hecho, era lo que había sucedido (y hoy, 2011, sigue sucediendo) en Cuba: se reemplazó a un dictador por otro, a un sistema por otro. El “modelo cubano” o socialismo cubano, no era más que la expresión latinoamericanizada del comunismo soviético, un sistema imperialista más grande y expansionista, que ya sojuzgaba a la mitad de Europa, gran parte de Asia y varios países de África. No me imagino a San Martín liberándonos del Imperio Español para convertirnos en vasallos del Imperio Británico o Francés, sus rivales en el siglo XIX.

Sigamos con los medios: San Martín acató la orden de la Junta -el gobierno legal de turno- de formar un ejército y cumplir una misión. El ejército tenía “soberanía flotante” (a decir de Norberto Galasso en su librazo sobre el prócer) y con dicha fuerza armada, liberó Argentina, Chile y Perú. En contrapartida, el Che acató su propia teoría del foquismo, que ya había fracasado en África, para armar guerrilla dónde y cómo quisiera, según su verdad incuestionable e iluminada. Era claro que Bolivia, mirándola en el papel, era un lugar estratégico para armar un “foco”, dado que lindaba con Argentina, Chile, Perú, Paraguay y Brasil, además de tener una geografía selvática en su norte. Sin embargo, en el terreno, las cosas no eran tan sencillas: esa misma geografía que permitía esconder a las tropas irregulares, complicaba la empresa de expandir el foco y más que ayudar a propalar la revolución, facilitaba que se la circunscribiera a un territorio.

Más allá de ello, no hay que olvidar otro detalle fundamental, y es que San Martín era un militar profesional de carrera, veterano desde su adolescencia y totalmente empapado en las últimas teorías de su época sobre estrategia, tácticas y armamentos. No era un improvisado. Su liderazgo no estaba basado solamente en un carisma personal, sino también en un respeto profesional y en muchísimas credenciales de campañas anteriores que podía ostentar. Había peleado nada menos que contra las tropas napoleónicas -las mejores de Europa, para la época- y contra las guerrillas irregulares de los moros en Orán, al norte de África; no contra los desmoralizados milicianos de Batista, o el mismo Batista, presionado por Estados Unidos para que abandonara el poder. Es más, a pesar de su instinto y experiencia, antes de emprender una campaña tan complicada como la de cruzar los Andes, previó no sólo los medios militares, sino también los logísticos y de bagajes y el apoyo de la población civil, para que esa expedición tuviera buen fin. Aunque estos medios fueran exiguos -como así sucedió- fueron bien usados y por si fuera poco, estratégicamente cubrió su flanco derecho con una excelente acción coordinada con Güemes, que frenaba a los realistas en el norte. Era lo responsable como líder de sus hombres y portador de la misión de libertar América.

El Che, médico de profesión y más allá de su mentado manual sobre guerra de guerrillas, carecía de experiencia militar a gran escala para parangonarla con un ejército regular entrenado en contrainsurgencia (como los hechos demostraron), además de la falta de conocimientos estratégicos y tácticos y de liderazgo de grandes masas de tropas, tan necesarias para lograr un real foco en un territorio tan grande como Bolivia. Esta nación no era Argelia, donde las guerrillas empujaron a los franceses, quienes -como terminaron revelando- ya no tenían interés en seguir desangrándose para retener su colonia; o Vietnam, en donde el Vietcong gozaba del suministro logístico ilimitado y directo de China, y tampoco la Cuba gobernada por un dictador decadente y con el pueblo con ganas de liberación: era un país socialmente complejísimo y geográficamente variadísimo, con un  pueblo pobre y sufriente de grandes injusticias, sí, pero a la vez, conservador en sus costumbres seculares y poco dado a abrazar causas fogosas de aventureros foráneos. Ya habían fracasado los Uturuncos en 1959, ya había fracasado Massetti en Orán, con la misma táctica. Dos descalabros de guerrillas rurales -emulando a la de Sierra Maestra- no alcanzaron para disuadir de probar esta última, calcada. Emprender una aventura en Bolivia implicaba muchos más medios, logística, comunicaciones, propaganda y planificación de las que se procuró el Che, además del conocimiento de la predisposición de la población, el quid de la cuestión. Por ejemplo, no sólo no hablaba quechua o aymará (no tenía por qué hablarlos), sino que tampoco se acompañó por un intérprete. ¿Cómo iba a persuadir a la población para que abrazaran la Revolución, sin saber el idioma? O, por ejemplo, de su ínfima cantidad de guerrilleros, tres se le ahogaron por no saber nadar, en una zona en donde lo cotidiano era vadear ríos. Como indicador de la soledad y falta de apoyo del Che en su misión en Bolivia, baste recordar las desinteligencias que tuvo hasta con el mismísimo Partido Comunista Boliviano, que, como todos los PC latinoamericanos durante la década del 60 y 70, tuvieron una posición dual ante la guerrilla, ya que respondían a la estrategia “oficial” de Moscú en la Guerra Fría, y en todo caso, si apoyaban a los grupos violentos, era de forma solapada o a través de otras agrupaciones. Ir a Bolivia solo, con un grupo exiguo, “a puro huevo” a ver cómo sale, a tratar de convencer gente con proclamas intelectuales, puede ser un buen argumento para una composición épica romántica, un voluntarismo ingenuo, pero militarmente es una quimera mortal. Hay una delgada línea entre la audacia y el suicidio.

Y terminemos con los resultados: San Martín, sin bonapartismo, sin mesianismo, solamente como militar profesional, no arriesgó a sus hombres en balde, cumplió su cometido con una amplia visión geopolítica, liberó a los pueblos, los dejó a su propio albedrío y se retiró honorablemente. El Che perdió todas las guerras que libró, dejó un tendal de muertos sin sentido por su impericia militar y… se rindió, si es que no fue abandonado, o peor, traicionado por los suyos.

No me pongo a mencionar los fusilamientos sumarios y arbitrarios que perpetró el Che o sus lugartenientes, sin más juicio que el de su opinión (es suya la frase “Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Estos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por odio puro”). O la famosa anécdota de la ejecución sumaria del guía campesino Eutimio Guerra, acusado de pasar información al enemigo, ejecutada por el mismo Che con un disparo en la sien. Posteriormente, describiría el acto en su diario de la Sierra Maestra: “…acabé el problema dándole en la sien derecha un tiro de pistola [calibre] 32, con orificio de salida en el temporal derecho. Boqueó un rato y quedó muerto. Al proceder a requisarle las pertenencias no podía sacarle el reloj amarrado con una cadena al cinturón, entonces él me dijo con una voz sin temblar muy lejos del miedo: ‘Arráncala, chico, total…. Eso hice y sus pertenencias pasaron a mi poder.” Y luego, en una carta a su padre refiriéndose a dicha ejecución concluye: “Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar.” 

Estas y otras ejecuciones con farsas en vez de juicios, o directamente sumarias, no resisten comparación con los castigos que habrá impuesto San Martín a desertores o traidores; castigos no provenientes de una “moral revolucionaria” o mesianismo iluminado, sino propios de una justicia castrense conocida por todos los oficiales y soldados, y legitimada no en una persona, sino en un general como representante de un gobierno constituido que le delegó una tarea.

Ahora bien, hasta acá llegué, ni un paso más: juzgar el alma de las personas es un presunción temeraria, porque la intimidad del espíritu es tierra sagrada. Nadie puede saber cabalmente las motivaciones profundas de los actos de los demás, sus condicionantes e intenciones reales; las razones que impulsan a los hombres siempre son múltiples. Nadie es totalmente bueno o malo; en todos los seres humanos -más aún en aquellos que tienen el coraje de abrazar causas quemantes, como José o Ernesto- cohabitan actos de heroísmo con crueldad, sentido de justicia con sed de venganza, vocación de entrega con hambre de gloria, generosidad y narcisismo. Contradicciones humanas, luces y sombras, como quieran llamarlo. ¿Cuál es la proporción de esos ingredientes en el alma? Solamente lo sabe Dios. Por eso, en este escrito, no me propuse juzgar profundamente a ninguno de los personajes; sino, reitero, opinar sobre esa “comparación” que escuché. Y haciéndolo no desde una ideología, sino -creo- desde el sentido común, que dice que comparar a dos personas tan diferentes, para legitimar a la última, es un error. El Che no es el continuador natural de la obra de San Martín, aunque él lo hubiera dicho (no sé si lo dijo Ernesto, lo dijo el historiador que escuché). En todo caso, habría que preguntarle a San Martín qué opina de su heredero, pero sabemos que los muertos no hablan… o a veces los hacen hablar más que cuando estaban vivos.

A los que nos gusta la Historia, nos dan cosa los endiosamientos de las personas, vivas o muertas. Nos da cosa la propaganda, la idealización. El endiosar a una figura, en vez de enaltercerla, la caricaturiza. Le quita talla humana y la desproporciona, volviéndola irreal, faltando a la verdad. Más aún, cualquier culto a la personalidad convierte a sus seguidores en fanáticos desprovistos de juicio crítico e intolerantes ante cualquiera que les marque un defecto, debilidad o malicia en las decisiones de sus ídolos. Es claro que esto puede servir para fines políticos, como la mentira tiene la misma utilidad. Sé que muchas figuras históricas tienen poetas y compositores que les cantan y embellecen sus actos; el Che es una de ellas, como mártir de la Revolución y prototipo genérico del rebelde romántico. Es más, muchos estados totalitarios -o gobiernos democráticos con ciertos reflejos totalitarios- tienen maquinarias de mitificar a sus figuras sobresalientes. Sin embargo, la verdad termina resplandeciendo, no se puede ocultar. Opino que si queremos hacerles honra y no deshonra, hay que leer los hechos objetivos, duros, felices o dolorosos; no confundirnos con la emoción de las trovas o poesías, que todo lo justifican y descarnan, embelleciendo hasta los actos viles. Por más lindas canciones que tengan, los hechos son los hechos, el pasado huele a sangre, a pólvora y a tierra húmeda. A vida, con sus contradicciones.

Pero cuidado, que hay un paso más en la espiral descendente de convertir a una persona en un ídolo irreal, y ese paso es marketinearlo, convertirlo en remera. El merchandising es último estertor de la hagiografía.

© JIR