Vendamos el tesoro Dic13

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Vendamos el tesoro

Este post es sobre los “tesoros” del Vaticano. Pero antes déjenme comentarles algo sobre los slóganes. Pienso que una de las formas más estúpidas de discutir es hacerlo con slóganes, no con argumentos. El slogan, por su naturaleza, es la mínima expresión de la idea, un texto sintético, condensado, achicanado (permítanme el invento). Está bien que sea así, por eso es un slogan y no un ensayo. Sin embargo, hay gente que toma sloganes como demostraciones y con ellos discute, sin pensar bien lo que está repitiendo. Y ahí comienzan los malos entendidos, distanciamientos y… ridiculeces. Pocas cosas más patéticas que ver a dos personas polemizando en un intercambio de slóganes como si fueran evidencias. Pocas cosas más peligrosas que ver a alguien convertir un slogan en una consigna y pasar a la acción sin mayor reflexión.

Como acontece muchas veces, el slogan, al ser llevado al extremo, puede degenerarse hasta simplificar todo hasta la ignorancia; por lo tanto, recurre a un primo hermano suyo, que es la etiqueta. Y entonces, las tramas se complican más, porque ante cualquier opinión, hay gente que inmediatamente te etiqueta como tal o cual cosa: zurdo, garca, facho, peruca, trosko, prole, conserva, K, sojero y el etcétera es inacabable. Etiquetar a alguien es anularlo, mermarlo a un mote, en vez de aceptar que una persona es algo mucho más rico que una postura o una opinión sobre un tema puntual. Etiquetas hay millones -y nacen nuevas cada día- pero todas cumplen la misma función: reducir algo complejo a algo simple, empobreciéndolo de matices y gradaciones. O dicho de otra forma, hacer irreal lo real, porque la realidad es variada, no blanca o negra, hay tonalidades intermedias, que el slogan y la etiquetan cercenan de un parrafazo (permítanme el invento).

Internet es un muestrario cotidiano de estos ejemplos; lean los comentarios de las noticias de un diario, o hagan la prueba y escriban algo más o menos polémico en Facebook. Verán que se arma un hilo de opiniones, la mayoría de las cuales serán slóganes remanidos, y si la cosa se entrevera, comenzará un intercambio de etiquetas. Entonces, se suscitará un “diálogo” de frases pre-armadas, no-pensadas, reduccionistas, que reemplazará al verdadero debate, que forzosamente implica argumentos más largos y mejor sustentados.

Así funciona el slogan, como muleta de la demostración y barniz superficial de un razonamiento inexistente.

La consigna.

Y, sepan disculpar tanto prólogo, ahora voy al tema del post, que es que, a mi juicio, uno de los slóganes/consignas más difundidos y a la vez, más infantiles e impracticables, es el famoso “Vendamos los tesoros del Vaticano para acabar con el hambre en África”. Hasta hay un grupo de Facebook con 2 millones de fans, entre los cuales tengo varios amigos. No me sorprende el número, imagino que la mayoría son personas de buena voluntad para las que el slogan suena sensato y la solución sencillísima. La otra parte, supongo que son los prejuiciosos de siempre, que se harán fans de cualquier cosa que vaya contra lo que ellos creen que es “la Iglesia”, esa mayonesa mezclada de Papas, palacios y obispos. Ése es el peligro del slogan, que suena lindo y fácil, pero tantas veces es vacío, como pienso de este caso particular, según compartiré.

Decíamos que al grito de “Vendamos los tesoros del Vaticano para acabar con el hambre en África” muchas personas lúcidas creen estar proponiendo una solución mágica a un problema real. Además, de paso, realizando una reparación histórica y purificando a la espiritualidad de lo crematístico. El combo perfecto. Pero razonemos un par de cosas…

Los “tesoros”, ante todo, son bienes culturales. Quien haya estado en el Vaticano, atestigüe lo que vio, porque lo habrá verificado con sus propios ojos. Son bienes de la humanidad, y la Santa Sede es la custodia, como las pirámides de Egipto son bienes de la humanidad y el Estado egipcio su custodio, o Machu Picchu y… ya se entendió el ejemplo. Hay que ser muy ciego para ver nada más de qué están hechos los “tesoros” y calcular el valor monetario de, por ejemplo, el mármol, para ponerle un valor a una obra de arte (no se rían, lo escuché: “¿Sabés la guita en mármol que hay en este piso?” cuando “piso” era un mosaico increíble del Siglo XVI).

Obviamente, en un mundo mercantilista, todo es susceptible de ser tasado y vendido, de hecho, existe un mercado del arte. Todo bien, conjeturemos que hay que vender ¿una catedral? ¿Cómo vendés una catedral? ¿A quién? ¿A cuánto? ¿La vendés completa o la desmantelás en partes? Si la desmantelás ¿vendés las obras de arte separadas o derretís los metales preciosos y los vendés como lingotes? ¿El todo vale más que las partes o las partes valen más que el todo? ¿Cómo se tasa La Piedad de Miguel Ángel, los ángeles de Puttini, los frescos de la Capilla Sixtina, un baptisterio del siglo X y cada una de las obras de arte que hay? ¿Hay forma de tasar esas obras de arte invaluables que se fueron acumulando por donaciones a lo largo de los siglos? ¿Qué autoridad le pone un precio justo, o qué mercado se usa como parangón? Más complicado: ¿cómo se tasa no ya una obra de arte, sino una pieza arqueológica de 2300 años, como las partes de templos romanos que están en el Vaticano? ¿O un obelisco egipcio de 3000 años? ¿O los cimientos de la basílica de San Pedro, que tienen dos milenios? Y si lográs tasarla y vendés una basílica entera, ¿A dónde la vas a trasladar? ¿A la mansión del jeque que la compró? ¿O la dejás en el mismo lugar? Si la dejás en el mismo lugar ¿cobrás entrada para verla y poder mantenerla —como hoy día— o es un lugar privado del comprador? ¿Dejarían entrar a cualquiera o privarían a todos los estudiosos y personas de todas las creencias religiosas, innumerables gentes del mundo entero de conocer parte del patrimonio científico, filosófico, espiritual y artístico de la Civilización?

Con una mano en el corazón, quien haya estado en el Vaticano, habrá visto que fuera de sus templos, es un gigantesco museo y una serie de bibliotecas. Si se tuvieran que vender esos bienes de la humanidad para darle de comer a África, con mayor razón, ¿no tendrían que vender cada nación y estado sus propios museos y bibliotecas y patrimonios culturales para ayudar a los pobres de sus propios países?

Pero avancemos un poco más en la hipótesis. Suponiendo que sea posible vender todo el Vaticano a un potencial magnate (no le alcanzaría toda la fortuna de Bill Gates para comprar todo eso, porque simplemente es invaluable por su valor cultural, que es más que la suma del valor artístico, histórico, científico y material), ¿quién distribuiría el dinero en África, pacificándola primero? ¿La ONU, que es incapaz de imponer y mantener la paz entre facciones beligerantes? ¿Los gobiernos africanos corruptos, cuyos mandatarios son billonarios mientras sus ciudadanos mueren de hambre? ¿La fundación de Bono de U2? ¿Quién organizaría la logística? ¿Se derivaría el dinero a las ONG´s que actualmente trabajan en África —la Iglesia incluida— a sabiendas de que tendrán las mismas restricciones que ahora para poder desempeñar su trabajo? ¿Repartirían dinero en efectivo, comida, o enseñarían a sembrar? Lo más lógico sería lo último, educar para que las personas se desarrollen. Ahora, si sembraran y educaran, antes tendrían que parar las guerras entre facciones, porque caso contrario, destruirían las cosechas como sucede ahora (por eso hay miseria en África, por la guerra, no por el clima). En tal caso ¿quién detendría las contiendas? ¿La ONU? ¿La OTAN? ¿Estados Unidos? ¿China? ¿Mandamos un ejército a matar a todos los combatientes y encarcelar a los reyezuelos y dictadorcitos genocidas, quienes obviamente, opondrían una feroz resistencia armada, como lo ha demostrado Khadaffi? ¿Se crearía una figura supranacional que tuviera derecho a violentar todas las soberanías y meterse en los asuntos internos de los países implicados, para garantizar que ese dinero llegue a la gente, en vez de caer en manos de los políticos y señores de la guerra, como sucede hoy? ¿Una vez derrocados los tiranos y corruptos, la corte de La Haya los juzgaría? ¿Alguna otra organización supranacional monitorearía la reconstrucción de instituciones civiles en los países para el buen manejo de ese dinero? ¿Cuántos años tardaríamos?

No perdamos de vista que, para solucionar la pobreza en África, hay que entender sus causas. Y éstas, la mayor parte de las veces, no pasan por la geografía ni el clima, sino por el corazón de los gobernantes y magnates del lugar. África es uno de los continentes más ricos del mundo, y al mismo tiempo, el más pobre. Arrastra una larga historia de situaciones que la fueron llevando a esta situación: fue desmembrada y esquilmada durante siglos por potencias europeas coloniales, luego dividida arbitrariamente en territorios, sin respetar las etnias y culturas que vivían allí (con lo cual, en muchos países, conviven tribus enemigas y hay constantes guerras étnicas de exterminio y desplazados), y, finalmente, gran parte de los países actuales, son gobernados por tiranos belicosos, que arrasan poblados, cosechas y cualquier esbozo de progreso. Esos mismos tiranos tienen cuentas en Suiza por miles de millones de dólares, mientras sus pueblos mueren en la miseria. Esos mismos tiranos gastan miles de millones de dólares en armas para mantenerse en el poder; de hecho, África es uno de los continentes que más gasta en armamento.

Llegando a las conclusiones y que nadie se enoje, creo que el famoso e insistente slogan es impracticable y a todas luces, ingenuo, si no es que malintencionado. Si se ponen a pensar y observar la realidad tal cual es —no reducida a un slogan, no anonadada por una etiqueta— van a ver que no es viable. No hay que ser cristiano, ni católico, ni siquiera creyente para darse cuenta de ello. Para más información sobre la obra y asistencia de la Iglesia en África —que lleva siglos— hay muchas fuentes más actualizadas que mi blog.

Con esto termino lo del slogan, los que querían leer sobre ese tema, ya se pueden ir 😀 Pero sería medio imprudente cerrar el asunto acá, ya que si estamos hablando de pobreza y riqueza, en términos espirituales y de testimonio, da para algunos párrafos más, en donde voy a meterme no ya en temas monetarios sino de espiritualidad y de compartir el sentido profundo de lo que se llama “riqueza” y “pobreza”.

Los pobres y los ricos, espiritualmente hablando.

Ante todo, hay que entender que la Iglesia no es el Papa, ni los obispos, ni los curas (lo que se llama “la jerarquía”) sino todos los bautizados. Miles de millones de personas, de todo sexo, edad y raza. Estas personas no siguen a una persona —el Papa— sino a Cristo, Dios hecho hombre. Y para los creyentes, el ideal de vida es simple: la imitación de la vida de Cristo, en todos sus sentidos: amor, entrega, coraje, misericordia, pobreza, sencillez. El cristianismo es sencillo de definir: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.

Ese “amar a Dios sobre todas las cosas” implica elegir. O Dios o las riquezas. No se puede tener el corazón en ambas. O Dios es el bien supremo, el fin último, o las riquezas lo son, en tal caso, serían dioses. O las riquezas son medios o son fines. Y cuando decimos “riquezas” no se trata solamente de cosas materiales, por las cuales damos la vida viéndolas como fines, sino también hay otras riquezas, intangibles, como la la reputación o la imagen. Cosas que se convierten en amos y pueden esclavizarnos, chupándonos todas las energías vitales para poseerlas y protegerlas.

El quid para entenderlo es sencillo, es casi una palabra mágica que define lo que es la pobreza evangélica, y esta palabra es apego. Allí donde esté tu tesoro, estará tu corazón. La pobreza espiritual, por tanto, es una actitud interior de desprendimiento frente a los bienes que no son el bien supremo. Vender cosas no compra pobreza. El pobre no es el que no posee bienes materiales, sino aquel que –aunque los posea– no está apegados a ellos ni vive por y para ellos, sino que los usa como medios y los pone al servicio de los demás. El pobre —evangélicamente hablando— quizá posea bienes, pero los bienes no lo poseen a él.

Ahora, ¿esto implica que la pobreza material no deba ser combatida, subsanada y erradicada? Claro que no, quien diga eso estaría faltando a la verdad. Los cristianos —y toda persona de buena voluntad— están llamados a combatir las injusticias y a optar por los más pobres… como hizo Cristo. No por nada curó, sanó, salvó a cientos de personas. No les dijo “tranquilos, muchachos, sufran en la Tierra y después gozarán en el Cielo“. Y en tal sentido, ¿la Iglesia hace algo por los pobres? Claro, hay que ser ciego para negarlo. Uno puede recorrer todas las parroquias del mundo, desde la zona más elegante y rica hasta la más pobre y abandonada y ahí están haciendo mucho. No —como también dicen los slóganes malintencionados— predicando a los pobres que se banquen su condición en la Tierra porque serán felices en el Cielo, sino ayudando a las personas de carne y hueso a desarrollarse y progresar con dignidad. Y en silencio, al contrario de cualquier político que inaugura un picaporte y hace una campaña de prensa. Acusarla de que no ayude a los necesitados por el hecho de que no venda sus bienes culturales, es injusto. Por el contrario, las grandes obras de misericordia que ennoblecen la humanidad han sido invento e iniciativa de la Iglesia. Ella inventó los hospitales, los orfanatos, los cotolengos, los hogares para discapacitados, las mismas universidades. Si hoy podemos asistir a una universidad es gracias a la Iglesia; si hoy podemos acudir a un hospital es gracias a la Iglesia.

Pesebres y palacios.

Y sobre el (¡otro slogan!) la pobreza de Cristo versus la opulencia de Roma. Seamos honestos: no se puede comparar las necesidades económicas de la Iglesia en nuestros tiempos, extendida por toda la Tierra y con miles de obras concretas, con las necesidades económicas del pequeño grupo de los apóstoles reunidos en torno a Jesús, itinerante por una pequeña fracción de Palestina. Algunos hacen dialéctica sobre este punto: Jesús nació pobre en Belén y el Papa, en Roma, vive en un rico palacio. Pero el mismo Jesús comparó a su Iglesia con un grano de mostaza, que una vez sembrado se convierte en un gran árbol que cobija entre sus ramas a todas las aves del cielo. Jesús, por su ministerio itinerante y el reducido número de sus discípulos, no necesitaba casas ni posesiones. Sin embargo, necesitaba de la generosa colaboración de algunas personas, las cuáles lo seguían y ayudaban con su dinero: Le acompañaban los doce, y algunas mujeres… que les servían con sus bienes (Lc 8,1-3). Hay mucha gente buena que ve una foto del Papa con una vestidura de mucho boato y se escandaliza. Confieso que a mí el barroquismo y tanta cosa no me gusta, por un tema de que prefiero lo sencillo, pero también entiendo que —bien visto— ese “disfraz” es para representar una realidad espiritual, a Cristo, ya que, para los creyentes, el Papa es el vicario —representante— de Cristo. No es ropa de él, está “revestido” de esa realidad invisible, representada en esos ornamentos.  Un buen Papa, pobre como debería ser si imita a Cristo, vive modestamente, sin propiedades personales. Don Bosco cuenta que cuando fue a visitar a Pío IX, al Papa no le quedaba ni un centavo para sus gastos personales, y que su habitación era tan pobre y sencilla como la de los chicos que él juntaba por la calle. Un periodista narra que el Papa Pío XII murió en su habitación que era sumamente sencilla, recostado en una pobre cama de hierro; su comida diaria consistía en unas pocas verduras. El médico de San Pío X, asistiéndolo en su enfermedad, quedó desconcertado al comprobar que el gran Papa llevaba puesto debajo de su blanca sotana, unos pantalones remendados como los de cualquier pobre del pueblo. El buen Papa al morir, ni siquiera deja a sus familiares sus bienes personales; sólo su enseñanza y buen ejemplo. Vive y muere pobre como Jesús.

El testimonio y el no testimonio.

Voy terminando. Seguro que a esta altura del relato, ya vinieron tropeles de pensamientos de Papas maquiavélicos, laicos hipócritas o curas ricos. ¿Hubo y hay anti-testimonios de miembros de la Iglesia —laicos o consagrados— que vayan contra la pobreza evangélica y demuestren apego a las riquezas? Sí, obvia y tristemente, los hay, imposible negarlo. Y seguirá habiendo, porque la Iglesia es divina y humana, está hecha de hombres. Lamentablemente, esos anti-testimonios perjudican al todo, porque una mala acción o mal ejemplo es mucho más ruidoso y vendedor que cientos de miles de vidas al servicio de los demás, ocultas de los medios y la propaganda. Y acá vuelven a aparecer las etiquetas y los sloganes, reduciendo una realidad tan viva, compleja y riquísima, a la caricatura de pocos malos ejemplos. Pero dejemos ya al pobre slogan y ahora hablando sobre los mencionados malos testimonios, me da para compartir otra cuestión, la del fariseísmo, que si quieren, pueden leer en este post.

© JIR