Fe y ciencia Dic05

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Fe y ciencia

Este es el segundo post sobre la fe, en este caso, en su relación con las ciencias positivas. Tiene una estructura de razonamiento similar al primero, que versa sobre la fe natural. Y si quieren pispear el tercero, que habla sobre la fe sobrenatural, lo pueden encontrar acá. Ahora vamos al meollo que nos ocupa en éste: se imaginarán que, a priori, hablar de fe en ciencia parece un contrasentido. Y no es porque sea así, sino porque la postura racionalista extrema asume que sus verdades son más verdaderas que las de un creyente, por el hecho de que sus certezas son científicas, medibles, mensurables. Algo existe o es verdad -dicen- sólo cuando se lo ha comprobado por el método científico, cuando se lo puede medir, predecir y cuantificar. Todo lo que no sea susceptible de lo anterior, no existe, o no puede afirmarse que sea cierto. El único criterio de verdad o existencia es la comprobación empírica.

Hasta acá, muchas gentes aplauden felices. “Qué exactitud, doctor, tiene toda la razón, la ciencia y la razón iluminarán toda la realidad humana, desterrando creencias oscurantistas”. Pero, atenti, quienes piensen así, no se miran al espejo. ¿Y por qué digo esto? Porque ellos -en sus vidas- no se rigen con ese principio, sino por la fe. Y si no vivieran de y por la fe, no podrían prácticamente vivir, aprender y saber. Lo que quisiera compartir en este ensayito, es algo similar a lo que comenté en el post sobre la fe natural, pero en este caso, con foco en la ciencia. Son dos cosas simples, a saber:

  1. Que la fe es algo propio del ser humano, tan innato como respirar.

  2. Que el racionalismo extremo es tan invivible como impracticable, para cada uno de nosotros en tanto individuos.

Y para tratar de demostrarlo, otra vez arrancaré con un ejemplito muy simple, una pregunta para quien esté leyendo esto:

¿Cuáles son los componentes de un átomo? Si respondés que son protones, neutrones y electrones, genial.

¿Viste un átomo alguna vez? Ruido de grillos.

¡Alto ahí, lo vieron los investigadores con microscopios poderosísimos de última tecnología!” -bramará la vocecita racionalista que llevamos dentro- “Por lo tanto, la existencia del átomo y sus componentes está comprobada por la ciencia”.

No lo niego, claro, pero ¿qué es “la ciencia”? Bueno, según yo, no es nada en sí, es una entelequia. “La ciencia” son científicos de carne y hueso, generando conocimiento con cierto método. Ahora bien, ¿cuántos científicos vieron un átomo? Ni idea, pero pongamos que diez mil tipos. Pero entonces ¿todo el resto de los 7000 millones de personas en este planeta tenemos que creerles?

No sé, ¿qué elegís? Hay dos posturas nomás, sí y no.

Si elegís que sí, estarías sabiendo lo que tiene un átomo…por… por… decilo… por la fe. Estarías creyéndole a alguien -otro ser humano o una institución humana- que te dice que es así o asá.

Si elegís que no -lo cual sería 100% coherente con el racionalismo- deberías comprarte un microscopio poderosísimo y hacer la prueba de ver el átomo, distinguir sus componentes y un largo etcétcera hasta saber cómo es verdaderamente. Lo más probable es que no te alcance la vida, ni el cerebro (como me pasaría a mí), para entender cabalmente de qué está compuesto y cómo se comporta.

Ahora, cuidado: si le creés a los científicos y al mismo tiempo te decís racionalista y querés ser coherente al extremo, como debería ser, se te están presentando 3 graves problemas:

  1. Uno, que estás siendo un hombre de fe. En otra persona -un científico- pero es fe, al fin. ¿Dónde está el racionalismo y la demostración?

  2. Dos, que admitís existencias de misterios (verdades superiores a nuestra capacidad de llegar a ellas, no irracionales, sino superiores a nuestra aptitud de razonar o ver),

  3. Y tres, otra vez, la más grave: estás aceptando un dogma. Entendiendo a “dogma” como un conocimiento inalcanzable por nuestros medios, y que aceptamos como verdadero porque alguien nos lo dijo. Ok, se puede contestar que “No es así, que el átomo es sea de tal o cual forma no es dogma para el que hizo el experimento y lo vio“. De acuerdo: para él no, pero para el resto de los 7000 millones de habitantes, sí.

A esto, sumale que si elegiste que no, también cuidado, deberías ser coherente y admitir que al 99,999% de todas las cosas que sabés son porque las creés. En otras palabras: alguien te las contó, pero estrechamente hablando, para vos no tienen certeza científica, porque no las comprobaste de primera mano, sino que le estás creyendo a alguien. ¿Hay elefantes en la luna? Respuesta coherente: “No sé”. ¿Existió Napoleón? “No sé”. ¿E=MC2? “No sé” ¿Existe Siberia? “No sé”. ¿La naranja tiene vitaminca C? “No sé”. Y así con todo.

Ahora viene la pregunta existencial: ¿se puede vivir sin creerle a nadie? Pienso que no. No es humano ni practicable, porque si nos pusiéramos en racionalistas extremos -que sólo damos por válido aquel conocimiento comprobado empíricamente- deberíamos aplicárnoslo a la vida cotidiana y… no nos darían los siglos de vida para hacerlo. Como seres humanos, tenemos que recurrir a la fe para saber cosas.

¿A esta altura te estarás preguntando si estoy excluyendo a la razón y dejando solamente a la fe como único método válido de conocimiento? Respondo que no. Eso sería fideísmo, que rechaza a la razón. Tan erróneo como el racionalismo, que rechaza a la fe. Ni lo uno ni lo otro, ambas se necesitan mutuamente: la razón es una herramienta válida hasta la frontera de ella misma (nuestra capacidad individual). A partir de ahí, sí, viene la fe. Y creo que por eso no deberían estar peleadas, porque la fe precede a la razón en el tiempo, no en orden o en nobleza; además, son dos medios distintos para alcanzar una verdad, pues la razón se utiliza para establecer la validez de la autoridad, para decidir a quién creerle y por qué.

Claro, la firmeza de la fe (cualquier fe) es una cosa, y las explicaciones racionales otra. Se puede creer firmemente en un error, ¿pero eso mejor no creer en nada?… imposible vivir sin creer en nada. Lo humano es aceptar que la razón humana es limitada.

En fin, y con la idea anterior, vamos terminando este post de fe y ciencia. Humildemente creo que el racionalismo extremo es bonito en los papeles, acerado en la teoría, pero escabroso con la vida y divorciado de la realidad. Quizá hayamos coincidido, quizá discrepado. En mi caso personal, cuando pienso en tantos conocimientos que poseo porque los creo, llego a la conclusión de que tener fe en ciertos científicos puede ser muy razonable.

© JIR