Ríos, al mar Nov30

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Ríos, al mar

Lo emocionante de un río es que, si no tenés mapas, pensás que vas a llegar al mar en cualquier momento, que ese río terminará siendo océano, que será el río. No siempre es así, y a las cartografías uno las traza y entiende después del recorrido, no antes.

No tuve muchas novias. La primera (que nunca supo que lo fue) se llamaba Verónica y era hija del peluquero del barrio. Una rubicunda de ojos amarillos, cara de luna, de mi mismo jardín, una sala más grande que yo. Las únicas oportunidades reales de acercarme a ella eran en el salón de actos, porque compartíamos la maestra de música. Como los alumnos estábamos sentados en el piso, la táctica era aprovechar el momento en que la señorita nos daba la espalda para tocar el piano y acercarme arrastrando la cola, lo más cerca posible de la niña. Ya estando bien cerca -metro, metro y medio- ejercer de novio, mirándola con embeleso. No sé si alguna vez percibió mi amor (o si me percibió, directamente) y antes de terminar el jardín, su familia se mudó y con la mudanza me rompieron el corazón.

Otra novia fue Laura, en sexto grado. No hubo ni declaración ni aceptación explícitas, pero era vox pópuli que ambos nos gustábamos y ni ella ni yo lo desmentíamos. El “je-je, tiene novia, tiene novia” no me molestaba, porque en este caso era verdad y no esa humillante calumnia tan ordinaria. Recuerdo que tenía -o yo así lo sentía- los ojitos tristes, y eso me daba ternura. Pero como todo varón amiguero, debía abocarme a los muchachos antes que al amor, así que los recreos eran para los compañeros, y jugar a las bolitas le robaba tiempo al ejercicio del cortejo. Podía comparecer como novio solamente durante las horas de clases, prestándole útiles y riéndome con sus comentarios. Admiraba lo ordenada y pulcra que tenía su cartuchera y me encantaba su letra; aunque nunca me escribió una carta y desde luego que yo tampoco. En séptimo, terminó la primaria, me cambié de colegio y se acabó el idilio. Pocas cuadras, a ciertas edades, son muchos mundos.

Durante la adolescencia respiré una época de liviana soltería. Demasiada bicicleta, juegos, salidas, club, pileta y amigos. Jamás nadie lo pronunció en voz alta, mas había un pacto tácito, no escrito pero sólido como el honor, de que no se podía tener novia. Como todos lo acatábamos, no iba a ser yo quien traicionara al grupo, así que pasamos los años de secundaria viendo chicas, charlando, bailando en fiestas, pero sin afectos consecuentes. El primer Judas fue el polaco Molszanowski, que a los 17 se puso de novio con una envidiable damita, debo de reconocer, lo cual lo eximió de cualquier reproche y se ganó la admiración -jamás admitida- de varios de nosotros.

A la tercer novia, la conocí en mi primer trabajo oficial, a los 19. También se llamaba Verónica, recodo del destino. Estuvimos 4 años de novios, mientras cursábamos parte de la facultad, ella Medicina y yo Publicidad. Como en todo noviazgo añoso, fuimos pasando distintas etapas y pruebas. De estas últimas, hubo una que nunca logré superar y fue el constante rechazo de mi suegro de ese entonces. Nunca supe la causa de la no aceptación. Era (o creía ser) el noviecito soñado para una hija: estudiaba y trabajaba, devolvía a la chica a las 00.00 horas en punto, como a Cenicienta, era amigo sincero del hermano, tenía una familia más o menos normal, me llevaba divino con sus primitas, no fumaba, drogaba o bebía, y soportaba lo que fuera estoicamente y sin rencores. Pero habría algo no disculpable en mí; nunca logré obtener el beneplácito del buen señor. Y lo digo sin ironía, porque sé que es un buen señor del que aprendí muchas virtudes y le guardo un cariño muy grande, como a toda la familia. Seguramente él tendría sus razones válidas, aunque yo no las entendiera, y además no puedo juzgarlo, porque no sé cómo reaccionaré cuando alguna hija mía se ponga a noviar.

La causa de la ruptura fue un error de comunicación, o directamente, falta de ella. Por inmadurez total (de mi parte) sobraron suposiciones y faltó diálogo. Yo notaba en mi novia cierto distanciamiento y desencanto; a veces fastidio, hacia mí. Como no entendía ni preguntaba, pasaba de la perplejidad al dolor, y sentía que no podíamos seguir mucho más de esa manera. Hoy, con tantos años más a cuestas, hubiera dialogado, preguntado, buscado comprender y ser comprendido para poder rectificar. Pero hace mil siglos, el manejo careció de toda inteligencia y empatía. Le pedí que nos tomáramos un tiempo y que ella, cuando lo considerara, me llamara. Bien ridículo. A las dos cuadras no podía dejar de llorar. A las dos horas no podía dormir, caminaba por las paredes, esperando el llamado redentor. Así que, para embarrar la cosa, a los dos días compré una ficha de teléfono y se la mandé en un sobre por correo. Era una súplica, pero en realidad se percibió como una apurada. Obviamente que se iba a percibir de esa forma, no pude haber tenido una idea más torpe, menos empática y más a destiempo, porque lo único que generó fue bronca de su parte. La consecuencia obvia fue que no llamó. Nunca más.

Lloré mucho, con el corazón tronchado y lleno de remordimientos por haberla lastimado sin intención. Qué error, qué gran error, me repetía. Mis amigos me decían que nadie muere de amor, lo cual sonaba lindo pero poco creíble viniendo de amigos con novias. Además, ¿cuál era el problema? Por dentro ya estaba muerto. Entendí, de un shock, que el famoso mal de amores es una fuente inagotable de inspiración. Me hice poeta, músico, compositor para conjurar esa congoja. Las noches eran mi tintero infinito y las madrugadas, como incendios que me entraban por los ojos. Y ya saben: no hay como la ausencia para comenzar a idealizar a alguien, así que a medida que pasaron los meses y los años, el molde de ella se fue calcificando en mi cabeza, hasta que, claro, ninguna otra chica cupo en él. Más grave aún: era un molde idealizado. Me había olvidado de todo lo malo y solamente recordaba lo bueno, mejorado. Con lo cual, menos que menos podía entrar alguien adentro. Chica que conocía, era medida por esa vara y aplazada sin más. No, no es ella, que pase la siguiente.

En el ínterin, arrancó la agencia. Fueron años de dedicación llena y pauperidad; no cobraba un peso y si hubiera tenido una novia, no hubiera podido invitarla a comer ni una garrapiñada. Creo que el no haberla tenido, hizo que la agencia prosperase, porque volqué todas mis energías en el trabajo. Había incordios, sí, porque Fabi, mi socia, me presentaba amigas solteras, como para ver si pegaba con alguna. Les aviso: si quieren que rechace a una chica, armen el teatrito de la presentación sorpresa; tienen el “no” garantizado. Otros amigos también me presentaban chicas, pero ninguna se amoldaba en ese encofrado falso de mujer ideal con el cual medía a toda mujer real.

Pasaron 4 años y medio hasta que alguien rompió el molde en mil pedazos. No fue una mujer, fue un caballo, literalmente: había conocido a una una chica llena de gracia, de otro país, apenas comencé a estudiar un MBA en Marketing. Se hospedaba en una casa a una estación más lejos que la mía, y comenzamos a viajar juntos. Y como era sola y yo también, empezamos a salir de amigos. De amigos nomás, lo juro. Había demasiado hielo en los corazones y razones para no derretirlo: el master duraba 2 años y ella tenía que regresar a su país, a trabajar para devolver la beca que había recibido para venir. Ni ella se iba a quedar, ni yo me iba a mudar, porque acá tenía mi empresa. Por eso, no quería arriesgarme a otra deshilachada de alma, nada de enamorarse para luego volver a penar. Así pasaron los casi 22 meses de amistad cada vez más necesaria, hasta que un día, en una cabalgata, ella se cayó de un caballo desbocado en pleno galope y casi queda paralítica. Yo no estaba ahí, me llamaron y corrí a verla, postrada, con su mirada dulce llena de miedo. De golpe, el mundo pesó mil atmósferas y sentí que podía perderla por cobarde. Lloré por dentro, con mil ojos. Temí, más que a perderla, a nunca tenerla. E inválida como estaba, un día la visité a su departamento con un ramo de flores. Era la primer rotura del glaciar que cubría mi corazón. Ya no había molde. A la semana, volvió a caminar lentamente, e íbamos del bracete, como viejitos, para que no se cayera. Treinta días antes de que regresara, la invité a salir como novios, sin tiempo de sobrevida, como el kamikaze que declara su amor mientras se sube al avión que lo llevará a la muerte. Aceptó. Se volvió a su país y seguimos el noviazgo por chat, mail y promociones telefónicas. Al año, nos casamos, no para siempre sino para cada día. Tuvimos 6 hijos. Cuatro varones y dos mujeres. Mis actuales novias.

Ella fue el río que se convirtió en océano.

Al final te das cuenta de que así se escriben los mapas, desde la desembocadura. Si se los mira bien, cuando contemplás lo recorrido, descubrís que las grandes pérdidas, los grandes extravíos, terminan llevándote a la tierra prometida.

© JIR