Enjuiciar Nov28

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Enjuiciar

Para criticar no hace falta imaginación. Es más, ni siquiera hace falta talento, como lo demuestra el gordo sedentario panza de choripán que, desde la tribuna, insulta al crack que pifia una pelota. Sin embargo, no sé por qué, criticar es el deporte preferido de la Humanidad.

Y no me estoy refiriendo al tipo groso, lleno de logros y méritos, que opina sobre algo de su campo del saber o hacer. Estos casos son raros, porque generalmente los grosos son humildes, no sólo no enjuician, sino que aportan, enseñan y suman. Hablan bajito. Tampoco aludo al que, con justa causa, en ciertas circunstancias puntuales, desliza una reprobación ante algo defectuoso, como un mal servicio recibido, por ejemplo. No, me estoy refiriendo al gran incapaz: al tipo (o tipa) que critica sin haber construido o logrado nada; al tipo (o tipa) cuya constitución psicológica es juzgar críticamente a priori, a todo, a todos y todo el tiempo. Y en voz alta, para que todos los escuchen.

Si el mundo fuera perfecto, no habría criticones. Pero el criticón es la imperfección de lo imperfecto. Por ejemplo, todos sabemos que las empresas son imperfectas, porque están hechas de personas. Están llenas de errores, omisiones, carencias y oportunidades de mejora, ¿quién puede negarlo? Ante esta realidad, hay dos y solamente dos posturas: los que corrigen, reman y buscan mejorar, y… los que critican, desde adentro o afuera, sin hacer nada, sumando peso al barco o moviendo la cuerda floja mientras los demás la cruzan.

Muchas veces me pregunto cuál es la causa psicológica que hace de ciertas personas una máquina de deslucir los logros -altos, modestos o menudos- de otros, sin ser ellas mismas capaces de realizar algo. ¿Será que es más fácil destruir que construir? Cualquier bruto puede tomar un martillo y, en minutos, reducir a polvo una estatua, pero poca gente puede convertir una piedra en una maravilla. ¿Será que envidia a los realizadores? ¿Será que recela al que construye? ¿Será impotencia? ¿Será cobardía, miedo a hacer algo mal? ¿O será, simplemente, que lo único que sabe hacer bien es decir lo que los otros hacen mal? No tengo la respuesta, oigo hipótesis. Quizá la génesis venga de atrás, de una vocación no realizada. Fíjense esto: cuando a un chico le preguntan qué quiere ser cuando seas grande, apuesto que ningún niño del mundo dirá “ser crítico de cine” o de arte, o de cualquier tema. Quizá el niño quiera ser cineasta o artista. Lo mismo con futbolista, empresario, lo que sea. Pero, si no tiene talento o perseverancia, la vida lo irá convirtiendo en la caricatura de lo que quiso ser, llevándolo a reprobar lo que no fue capaz de realizar: se convertirá en un criticador. Vivirá de hincar su diente dialéctico en lo que hacen los otros. Duro.

El criticón tiene varias características comunes, fácilmente identificables. Una es, como decíamos, que suele enjuiciar lo que él no sabe o puede hacer, desde un atril de perfección e incuestionabilidad. Por ejemplo, el tipo que no tiene hijos, critica cómo los demás crían a los suyos. Mi esposa dice algo muy cierto: “el único momento en que fui la mamá perfecta, fue cuando no tuve hijos”. Y aplíquenlo a cualquier campo del saber o hacer.

Otra, es que nunca se le cae una idea. Me pasa muchas veces, en las entrevistas de trabajo, cuando charlamos sobre campañas y publicidades, generalmente, los chicos que tienen el portfolio de menor calidad, son los más expertos jueces de campañas ajenas. Al pibe cuyas ideas son malísimas, le encanta criticar las de los demás. Y algunos lo hacen muy bien, dan la impresión de que argumentan, sostienen, aclaran, pero… su portfolio es horrible. En lo cotidiano, ustedes lo pueden comprobar: miren a la salida del cine. Mucha gente puede decir que la peli le gustó o no, o que tal o cual personaje daba para más, no sé. Eso es normal. Pero el criticador no:  da cátedra de realización cinematográfica, música, efectos especiales y dramaturgia, cuando lo único que sabe filmar es a su gato -si está dormido-, con su celular.

Sin embargo, pareciera que para el criticón, todo es una boludez, todo es facilísimo de hacer. Él sabe todos los cómos, por qués y cuándos de cualquier asunto.  “Fulano es un nabo”. Pero Fulano tiene una empresa que factura, paga sueldos, progresa -raudamente o a trompicones- y Fulano ha construido algo real, vivo y tangible… y quien critica no tiene nada. Cuando escucho eso acerca de cualquier Fulano, me dan ganas de preguntar ¿y vos qué hiciste? pero sé que es medio violento, porque a la respuesta ya la sabemos. Y no pregunto, entre otras causas, debido a que el criticón suele ser desleal y murmurador. Creo que para alguien que abre la boca sólo para decir cosas negativas, es naturalmente difícil dejar de hacerlo en cualquier circunstancia. Es más, la intimidad es el ambiente propicio para hablar del ausente y deslizar críticas camufladas de confidencias. Esto es muy malo. No para el criticado, sino para el criticador. Porque cuando la gente va conociéndolo, termina quedándose solo: evitan darle la espalda por miedo a ser criticados (¿qué te garantiza que después no hablará mal de vos?); pero además, porque la gente no es idiota y procura no emprender ni la mínima aventura con un motejador de compañero. Primero, ya que generalmente, es una persona incapaz. Y segundo, por una simple cuestión de paz mental: la crítica y censura constantes fastidian, gastan la valiosa y escasa energía que se necesita para cualquier emprendimiento. El que no aporta, sobrecarga. No hay que olvidarse que, así como el oro y la plata vienen entreverados en el mismo mineral base, por lo general, en la misma persona vienen combinados el criticón y quejoso a la vez. Se critica lo que hacen los demás, y se queja de lo que nadie es responsable, como el clima o las contrariedades. Demasiado para ser aguantable.

Tengo una teoría, se las comparto a ver qué opinan: creo que un buen indicador de la impotencia de una persona, es el léxico pretencioso que usa. Hay que reconocer que el reprobador logra parecer agudo e inteligente; usa un lenguaje ampuloso, preciso. De vuelta, el cine es un gran ejemplo: fíjense el vocabulario que usan los críticos de dicho arte, realmente, es de muy alto nivel. Es el truco del que no sabe hacer. Al principio deslumbra y por un ratito logra que los incautos caigan en la percepción de que es una persona realizadora. Pero esa ilusión dura poco, porque en la cancha se ven los pingos, y si se lo apura, sólo quedan palabras y no obras. Y las palabras son parte de su método de supervivencia, ya que el criticón disimula su incapacidad generando críticas. La mejor forma de desenmascararlo es acorraralarlo y obligarlo a que él haga algo. ¿Saben qué? No lo hará, no puede. Lo derivará, lo delegará a otros, lo dilatará, tratará de generar reuniones, que se haga “de a muchos”, colegiadamente, para no quedar en evidencia con su inutilidad manifiesta. Si es mujer, se hará la desvalida para ver si algún caballero generoso hace el trabajo por ella. Y el resultado, es que cuando eso que se tenía que hacer, no se realice, o sea de pésima calidad, tendrá siempre alguna circunstancia a la que responsabilizar.

¿Qué me fastidia del criticón? La falta de compromiso. Nunca tiene tiempo, siempre alude otras obligaciones para ausentarse de la tarea pendiente. Es otro truco para no meterse y volver cuando las cosas estén hechas para ¿adivinaron? sí, reprobarlas y “sugerir mejoras”. Pide compromiso, pero no lo tiene, porque compromiso -según mi humilde entender- es realizar, no hablar. Aunque, a decir verdad, si están deduciendo que me enojan mucho los criticones, no es tan así; al contrario, bien mirados, dan gracia. Porque, honestamente, ¿no es gracioso ver a una persona criticando aquello que ella misma es incapaz de hacer? Imagínense a un tipo en el Coliseo, gritándole cosas a un gladiador que se enfrenta a un león. Si a ese mentecato lo metemos en la arena, seguramente escaparía corriendo, llorando como una nenita. ¿No es gracioso? Visualicen ahora a cualquier criticón que conozcan, e imagínenlo haciendo la ardua tarea que tanto censura, a ver cómo le sale. Da para reír bastante.

Pero hay una buena noticia: hay redención. Como con todo vicio, hay una virtud contraria para hacerle frente y erradicarlo. En el caso del criticón, es la del amor que lleva a la alegría por el otro y el compromiso sincero con la tarea a realizar. Mirar lo que hace el otro como si fuera algo que hiciera nuestra propia mano. Mirar con misericordia cuando haya fallas y con sincera admiración cuando haya logros. ¿Qué hay más lindo que alegrarse por el éxito los demás? Digo, tendremos muchas más fuentes de alegría -decenas, cientos, miles- que si sólo nos alegrásemos por nuestros propios éxitos, que numéricamente, serían menos. Y si nace el aguijón punzante de verle la manchita o la paja en el ojo ajeno, se me ocurren tres remedios. El primero, mirarse al espejo, a ver si no tengo una viga o soy un papanatas censurando a un gigante. El segundo, si es necesario aportar una crítica, hacerlo desde el respeto y la construcción. Es decir, por cada crítica, 3 ideas viables, mínimo (si no, silencio absoluto). El tercero -el más terapéutico y genuino- es comprometerse, es decir, ponerse a hacer cosas uno mismo, a ver cómo nos salen. Seguramente no tan perfectas como solemos pontificarlas, y eso nos hará mucho más humildes frente a tanta soberbia verbal y comprensivos con los demás. Sólo el que hace, falla y sólo el que falla, madura. El que habla nada más, siempre queda incompleto, vacío y vano como el charco: refleja el cielo y la tierra, pero no tiene profundidad ni sirve para nada. Y, creo lo más importante, nunca criticar a la persona, sino a la obra. Las personas somos, las obras son hechas. Y por lo tanto, pueden ser rehechas, si es necesario.

Para cerrar, quería compartir un cachetazo vital que recibí y hoy sigo agradeciendo. Hace muchos años -yo tenía 10-  en un campamento en Córdoba, habíamos llegado a la cima de un cerro justo al anochecer, luego de una jornada de ardua caminata. Todos estábamos cansados, con hambre y sed, y unos cuantos valientes se ofrecieron como voluntarios a bajar a buscar agua. Los demás, nos quedamos en la cima, relajando las patas. Como pasaba el tiempo y los aguateros no venían, yo me puse a bufar y criticar su inoperancia, y ¡gracias, Dios mío! a dos metros estaba el preceptor escuchándome atentamente. Me llamó en privado y con una cara de furia que me asustó, me increpó con aspereza:

_ ¿Qué te pasa? ¿Tenés sed?

_ Sí…

_ ¿Y por qué no te ofreciste a buscar agua?

_ Porque estoy cansado.

_ Entonces, callate. No tenés derecho a criticar. Los voluntarios también estaban cansados y bajaron. Si no hacés las cosas y otros las hacen en tu lugar, cerrá el pico. Ahora, si vos pensabas que lo podrías haber hecho mejor y más rápido que ellos, te hubieras ofrecido a ayudar.

_ ….

_ No quiero escuchar una sola queja o juicio si no te comprometés en hacer las cosas, ¿entendiste?

_ Entendí.

Entendí, entendí para siempre, te lo aseguro, preceptor.

© JIR